Capítulo sexto ——— DE LOS TRATOS DE DIOS CON EL HOMBRE



DE LAS DISPENSACIONES DE DIOS

Antes de Noé, el principio que Dios reconocía era el de relación y responsabilidad individual, como en Abel o Enoc. Él actuaba bajo este principio. Pero con Noé vino un nuevo desarrollo del trato de Dios con los hombres. Quedó introducido el gobierno responsable, y Dios mandó: «El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada» (Gn 9:6). Esto era algo nuevo en el orden de Dios; y con la introducción del gobierno, también expuso la relación que debía privar en la casa, con su correspondiente responsabilidad, atribuida al cabeza de ella. «Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación» (Gn 7:1). No se hace ninguna mención de la justicia o de la fe de la casa, sino que toda la casa entró en el arca por la justicia y fe de su cabeza –y así el mismo Cam, que después demostró ser tan malvado, fue traído a una posición de bendición externa en el terreno de la justicia y fe de su padre. «Por la fe Noé,...preparó el arca en la que su casa se salvase,...y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe» (He 11:7). Fijemos nuestra atención en el hecho de que, aunque toda la casa de Noé recibió una «Salvación Externa», solamente se dice de Noé que vino a ser «heredero de la justicia que viene por la fe».

Otras muchas ocasiones que nos muestran este principio aparecen en el Antiguo Testamento. Todos los hombres de la casa de Abraham fueron circuncidados a cuenta de la fe de Abraham (Gn 17:9-27). Encontramos otra vez relacionada la casa de Abraham con él mismo, en Gn 18:19.

Luego tenemos el caso de Lot. El Señor estaba dispuesto a salvar a toda la casa de Lot. Los ángeles le dijeron: «¿Tienes aquí alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad, sácalo de este lugar». Los yernos probablemente eran sodomitas, y aun así, a causa de Lot, el Señor los hubiera salvado, si ellos hubieran marchado con Lot (Gn 19:12-14).

Toda la casa de Potifar fue bendita a causa de José. Y José era su esclavo. Pero la Palabra especifica que esto fue así (la bendición de la casa) cuando Potifar «le entregó en su poder todo lo que tenía», con lo que colocó toda su casa bajo la autoridad y administración de José, y por la fe de José fue bendita toda la casa, que estaba bajo él (Gn 39:4-6).

Encontramos el mismo principio cuando Faraón manifestó su deseo de retener a los pequeños en Egipto, al dejar salir a Israel. La gran réplica fue: «Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas... nuestros ganados irán también con nosotros; no quedará ni una pezuña» (Éx 10:9 y 26); esto ilustra de una manera hermosa el gran principio divino de que toda la casa, todo lo que ella tiene, queda incluida con el cabeza de esta casa.

Otra vez encontramos lo mismo en la PASCUA: «En el diez de este mes tómese cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia» (Ex 12:3).

El Espíritu de Dios tiene cuidado de señalarnos en el Nuevo Testamento que, cuando Israel cruzó el mar Rojo, todos fueron bautizados a Moisés16 en la nube y en el mar (1 Co 10:1,2).

La Escritura nos revela que habían seiscientos mil hombres de a pie «sin contar los niños» (Éx 12:37). La mayoría de estos hombres serían cabezas de familia, y cada uno salió de Egipto con toda su casa. Habían, sin duda, cientos de miles entre bebés y niños, todos los cuales fueron bautizados con sus padres «a Moisés». Por este bautismo, «todos» ellos dejaron externamente el dominio de Faraón, y «todos» vinieron a estar bajo la autoridad de Moisés, hombres y mujeres, bebés y niños, todos sin distinción.

La ofrenda del becerro por el pecado, de Aarón, debía ser ofrecido «por sí y por su casa».

En la rebelión de Coré, de Datán y Abiram, la tierra los tragó, juntamente con las casas de Datan y de Abiram, y estas casas incluían niños pequeños (Nm 16:27,32,33; Dt 11:6).

Hay el caso del siervo hebreo que no querría salir libre, «porque te ama a ti y a tu casa» (Dt.15:16). 

«Tú y tu casa» debían comer el primogénito macho de las vacas y de las ovejas (Dt 15:20). Lo mismo se hacía con la canasta de las primicias (Dt 26:11).

Vemos a Rahab, una gentil, en Josué 2:12-18; 6:23-25. Encontramos aquí que toda su casa, incluyendo el más amplio círculo posible, fueron salvados a causa de la fe de ella. Encontramos a otro gentil, que fue causa de bendición y seguridad «a toda su familia» por su solo acto de fe, en Jueces 1:24-25. Obed-Edom fue otro gentil con quien Dios actuó de acuerdo a esta misma verdad: «Y bendijo Jehová a Obed-Edom y a toda su casa» (2 S l 6:11,12). También Itai geteo (otro gentil, de Gat) comprendió bien el orden divino en esta materia: «David dijo a Itai: Ven, pues, y pasa. Y pasó Itai geteo, y todos sus hombres, y toda su familia» (aquí, el término traducido por «familia» significa en realidad «chiquillería» o «los pequeños» –«the little ones» según la Concordancia Analítica de Young –Young’s Analitical Concordance). Pasaron para participar en el rechazamiento del rey, juntamente con su padre.

Cuando Israel estaba en gran temor en los días de Josafat, «Todo Judá estaba en pie delante de Jehová, con sus niños y sus mujeres y sus hijos» (2 Cr 20:13). Y en los días de Nehemías «sacrificaron... numerosas víctimas, y se regocijaron, porque Dios los había recreado con grande contentamiento; se alegraron también las mujeres y los niños; y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos» (Neh 12:43).

Podríamos continuar, pero temo que ya hayamos fatigado al lector; no obstante espero que esto habrá clarificado el hecho de que desde el día de Noé en adelante, el gran principio de Dios ha sido: «Tú y tu casa».

Las casas de Cornelio y de Lidia siguen el mismo enfoque de esta notable línea de casas que hallamos en todo el Antiguo Testamento. Se han hecho grandes esfuerzos para demostrar que estas casas novotestamentarias no tenían niños, o que todos ellos tenían edad de creer y que lo habían hecho. El suscitar tales cuestiones cuando el Espíritu Santo guarda un silencio intencionado y deliberado en cuanto a ellas, es meramente mostrar que el que las suscita ha perdido de vista el objetivo que aquí tiene el Espíritu de Dios. Al que está familiarizado con el Antiguo Testamento le debería ser familiar el término «casa», y bien comprendido lo que ello implica. Es casi lo que podríamos llamar un «término técnico». Debemos encontrar el significado que le da el Espíritu de Dios en el uso que Él haya hecho del mismo término en otras Escrituras anteriores –y hemos visto que significa exactamente lo que dice: todos los de la casa. Ésta puede o puede no incluir bebés, niños, o sirvientes; («todo siervo humano que es comprado por dinero» era (Éx 12:44) una posición muy diferente de la que ocupa hoy en día un «sirviente a sueldo») y Dios no reprochó a Rahab cuando ella amplió el significado para incluir padres, y hermanos y hermanas y las familias de ellos. Supongo que es: de acuerdo a vuestra fe, así sea hecho con vosotros. Algunos han tratado de imponer el que nunca encontramos bebés o niños bautizados en la Biblia, por lo que no podemos incluirlos en las casas que estamos ahora considerando, pero ya hemos visto en 1 Co 10:1,2 que más o menos medio millón de casas fueron bautizadas a Moisés en la nube y en el mar (Éx 12:37). Y si hemos de comprender rectamente estas Escrituras que estamos ahora considerando, debemos aceptar estas «casas» en la manera en la que el Espíritu usa esta palabra, o sus sinónimos (con diferentes matices) como familia, los pequeños, etc., en las primeras partes de la Palabra. Y debemos recibir estas Escrituras tal y como están, sin añadir a ellas.

 

 


ALGUNAS CASAS BÍBLICAS, Y EL BAUTISMO DE ELLAS.


CORNELIO

Llegamos a una serie remarcable de casas en el Nuevo Testamento, todas (o casi todas ellas) de los Gentiles, evidentemente registradas por el Espíritu Santo para un especial propósito. La primera que nos encontramos es, por lo que yo sé, la de Cornelio. Él temía a Dios con toda su casa (Hch 10:2). Actuaba rectamente al hacer que su casa le siguiera en su temor de Dios, y Dios toma buena nota de ello. Cuando Pedro explica a los Santos en Jerusalén su visita a Cornelio, les dice que el ángel habló a Cornelio que enviase a Jope a por Pedro «el cual te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa» (Hch 11:14). Nos encontramos casi exactamente con las mismas palabras al ocuparnos de otra «casa», lo cual parece sugerir que estas mismísimas palabras, que incluyen a la casa, son el mensaje propio del Espíritu Santo a aquellos que verdaderamente desean ser salvos. No necesitamos preocuparnos ahora de quiénes componían la casa de Cornelio, pero debemos fijarnos en que la palabra es la misma que desde antiguo: «Tú y tu casa» (Gn 7:1).


LIDIA

La siguiente casa con la que nos encontramos es con la de Lidia «vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira...el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su casa (oikos)17, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa y posad» (Hch 16:14-15). El Señor abrió el corazón de Lidia, y ella abrió su casa. Todo esto es individual. Su propia salvación era indiscutible, y por ello fue ella bautizada. Pero, ¿qué hay de su casa? ¿Fueron los miembros de ella salvados? ¿Había en ella niños, o no? Sobre todo ello las Escrituras son totalmente silenciosas. ¡Y no guarda silencio para darnos la oportunidad de especular de todo ello! El Espíritu de Dios tiene otro propósito en la manera en que Él registra estas varias casas. Así, lo que es importante para nosotros es notar lo que las Escrituras dicen, y no añadir nuestros propios pensamientos –y la Escritura registra que la casa de Lidia fue bautizada, sin ninguna mención de fe, real o de otra manera, por parte de ellos. La narración está completa. El Espíritu nos ha contado todo lo que Él deseaba que conociéramos, y no nos vamos a atrever a añadir a ello por razonamientos o por conjeturas. Como las Escrituras lo registran, toda la casa de Lidia fue bautizada sobre el terreno de la fe de ella.

Es muy triste que estas casas que han sido registradas especialmente para la instrucción, consolación y animación de nosotros, creyentes provenientes de los gentiles, han sido convertidas por muchos en sujeto de vana especulación y disputa. Cuanto mejor sería que viniésemos a las Escrituras para buscar humildemente y escuchar lo que ellas nos quieran enseñar, en lugar de hacer encajar en ellas nuestros puntos de vista y nuestras ideas. Busquemos, pues, gracia y humildad para dejar a un lado nuestras propias opiniones, y escuchar solamente lo que la Palabra dice. No es ninguna cosa nueva en las Escrituras el ver a la casa conducida a una posición de bendición externa, por razón de la fe individual y la responsabilidad de su cabeza. Hemos visto que así fue en cierta manera en el caso de Rahab, y podríamos hablar de lo mismo en relación con otras casas.



EL CARCELERO DE FILIPOS

Pero debemos dirigir nuestra mirada a las casas que el Espíritu nos presenta. Después de Lidia y en el mismo capítulo, vers. 25 al 34, nos encontramos con la casa del carcelero en Filipos. Démonos cuenta de la pregunta del carcelero, y la respuesta: «¿Qué debo hacer para ser salvo?... Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa». Lector, esto es para nosotros también. Acéptalo. Créelo. Regocíjate en ello, y agradece al Señor por Su gracia, que ha dado tal promesa a nuestras casas. Fíjate que es casi la misma palabra que le fue dada a Cornelio por el ángel (Hch 11:13, 14); pero fíjate también que no se le dice al carcelero «Cree en Jesús, y serás salvado tú, y tu casa». No hay duda de que todo el que cree en Jesús será salvado, pero la promesa «y tu casa» es para el que cree en «el Señor Jesucristo». Ello incluye inclinarse ante Su Señorío, y el buscar por Su gracia el guardar Su Palabra, y ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, en la posición preeminente de Señor nuestro, con todo lo que este título implica.

Estando ya la casa incluida con el cabeza de la misma, Pablo y Silas le hablaron a él la palabra del Señor, y a todos los que estaban en su casa. Y sigue la narración: «Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y enseguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios» (Hch 16:33-34). Uno supondría de ello que toda la casa del carcelero creyó cuando Pablo y Silas hablaron la palabra del Señor a ellos, pero el Nuevo Testamento griego, en las palabras usadas por el Espíritu Santo, no nos dice esto. El sentido verdadero dice: «Se regocijó con toda su casa, habiendo creído en Dios», pues la palabra griega «habiendo creído» en este pasaje es nominativa, singular y masculina, y tan solo puede referirse al carcelero. Hemos visto antes un ejemplo muy similar de regocijo en el caso de las mujeres y de los niños en los días de Nehemías –y algunos de estos niños serían casi de seguro demasiado pequeños para comprender la causa de su gozo, y aun así se regocijaban en el gozo de sus padres. Vemos otra vez que la Escritura es silente en cuanto a quienes componían la casa, y en cuanto a la condición espiritual de ellos. La fe, conversión y bautismo del carcelero son incuestionables, pero los verbos «regocijó» y «creído» están ambos en el singular, y se aplican solamente al carcelero, aunque la casa se regocijara también con él.

No pensemos que es por accidente que el Espíritu de Dios está silencioso en estos casos en cuanto a la fe de la casa, o en cuanto a quienes la componían. Este silencio es intencionado, para introducirnos a nosotros, los gentiles, al gran principio de bendición externa para toda la casa, sobre el terreno de la fe de su cabeza.

Bien comprendió el pueblo de Israel este gran principio, pues el niño hebreo debía ser circuncidado el octavo día, cuando era un pequeño bebé, y así introducido exteriormente en la «república de Israel». Pero... ¿se aplicaría este principio a los gentiles, bajo la gracia? Estas casas aquí descritas son la respuesta.



CRISPO

La próxima casa que nos es presentada es la de Crispo: «Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa» (Hch 18:8). Aquí tenemos registrada la fe de toda la casa, en contraste al silencio en cuanto a todo lo que hemos mirado hasta ahora. Pero lo sorprendente es que la Escritura no dice nada del bautismo de la casa de Crispo, a pesar de que Pablo nos dice que él bautizó a Crispo (1 Co 1:14), pero no nos dice nada Pablo tampoco de la casa de Crispo. Tome el lector noticia de que las casas de las que no se nos dice que creyeran, fueron bautizadas; mientras que una casa que creyó, no es mencionada como habiendo sido bautizada. Y esto, ¿por qué? Porque desde luego la Escritura es absolutamente perfecta tanto en lo que nos relata como en lo que nos oculta. Nadie niega el bautismo de la casa de Crispo: todos creyeron, y por lo tanto todos fueron bautizados, aunque la Escritura no nos lo diga. Pero lo que se hubiera podido negar, o poner en duda, es si una casa, en ausencia de fe de sus miembros, (siendo el cabeza de ella creyente) tenía derecho a ser bautizada. Creemos que esto muestra la excelencia y perfección de la Escritura en una manera que nunca podrán las especulaciones y las conjeturas.

 


ESTÉFANAS

En 1 Co 1:14-16 leemos de otra casa: la de Estéfanas. «También bauticé a la casa (Reina-Valera dice «familia», pero en griego es «oikon»: casa) de Estéfanas». Y ya no se dice nada sobre la casa de Estéfanas, hasta que llegamos a 1 Co 16:15, donde leemos: «ya sabéis que la familia de Estéfanas es de las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado al servicio de los santos». Podría parecer por esta última Escritura que aquellos que pertenecían a la casa de Estéfanas eran lo suficiente mayores como para dedicarse al servicio de los santos, y que por lo tanto habían ya pasado la infancia, pero la palabra utilizada en griego para la casa de Estéfanas en el primer capítulo es más amplia que la que se utiliza en el que nos ocupa. Esto nos muestra que toda la casa de Estéfanas recibió el bautismo, pero que un círculo más reducido –quizás por la exclusión de niños– se dedicó al servicio de los santos. Así que tenemos otra vez el silencio escritural en cuanto a quienes componían la casa de Estéfanas, y silencio en cuanto a su condición espiritual ¡y aún Pablo mismo la bautizó! Si somos sabios aprenderemos de estos silencios, y de lo que nos es revelado.

 


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No reconozco el «Bautismo infantil» ni el «Nuevo nacimiento por el bautismo», no están enseñados en las Escrituras, pero no creo que ningún verdadero Cristiano que cree las Escrituras pueda negar que el bautismo de las casas está plenamente enseñado en la Palabra de Dios. Puede que no les guste. Puede que no crean en ello. Puede que rehúsen inclinarse ante la evidencia, como tantos alrededor nuestro rehúsan inclinarse ante verdades de la Escritura que no pueden negar, porque están expresadas demasiado claramente para que las puedan negar. Pero no creo que ningún Cristiano que acepte las evidencias de la Escritura pueda negar que el bautismo de las casas, independientemente de cualquier mención de la fe de ellas (aunque con la base de la fe del cabeza de ella), esté claramente enseñado en la Palabra de Dios. Pueda Dios darnos gracia para no oír su Palabra solamente, sino también para hacerla. (Mt. 7:24)

SSS

 

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Referencias

16 «A Moisés» es más exacto que «en Moisés». Fueron bautizados en la nube y en el mar, y por medio de la nube y del mar fueron bautizados «a» Moisés. La nube y el mar fue aquello «en» lo que fueron bautizados, pero Moisés fue aquel «a» quien fueron bautizados: –unidos a él por este bautismo en la nube y en el mar.
Además, el texto griego distingue entre «eis» para Moisés y «en» para la nube y el mar. «Eis» tiene en griego un sentido, un matiz que no posee «en» y que se puede traducir como «a», «hacia», «en dirección a» según el caso, pero nunca como un estático «en» (en, entre...). «Eis» siempre tiene un matiz de movimiento hacia el objeto al que va asociado, y de hecho es la palabra que se usa para «a», «hacia», etc. en griego, y que por cierto así está traducida en otros pasajes de «Reina-Valera». Volver a nota 16

17 «Oikos» no se refiere a la familia en general, sino a la parte de la familia que convivía con el cabaza de la casa, bajo su tejado, y por tanto bajo su autoridad y responsabilidad. Este es el sentido de la palabra «oikos», que por otra parte queda bien traducida como «casa» en Hch 11:14 (en el caso de Cornelio); 16:31 (en el caso del carcelero de Filipos) y en otros muchos lugares, y no familia, que puede tener un significado distinto, más amplio que oikos, que se refiere a los cohabitantes de la casa, o a la casa misma. Naturalmente, por el contexto se puede ver cuándo se trata de la casa en sí, o de los que en ella moran. Volver a nota 17

 

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