SINOPSIS DE LOS LIBROS DE LA BIBLIA
— EL EVANGELIO SEGÚN JUAN —
(Capítulos 12-21)
capítulo 12
Su
lugar ahora es con el remanente, donde Su corazón halló descanso –la casa de
Betania. Tenemos, en esta familia, un modelo del verdadero remanente de Israel,
tres casos diferentes con respecto a su posición ante Dios. Marta tenía fe, la
cual, sin lugar a dudas, la aferró a Cristo, pero no alcanzó lo que se
necesitaba para el reino. Aquellos que serán guardados para la tierra en los últimos
tiempos, tendrán lo mismo. Su fe reconocerá finalmente a Cristo el Hijo de
Dios. Lázaro estaba allí, viviendo por ese poder que podría haber resucitado
también a todos los santos muertos del mismo modo48,
los cuales, por gracia, en el último día, llamarán a Israel, moralmente, de
su estado de muerte. En una palabra, hallamos al remanente, el cual no morirá,
salvaguardado por la verdadera fe –fe en un Salvador vivo, que liberaría a
Israel– y aquellos que serán traídos de regreso de entre los muertos, para
disfrutar del reino. Marta servía; Jesús estaba en compañía de ellos; Lázaro
se sentaba a la mesa con Él.
Pero
había también el representante de otra clase. María, quien había bebido en
la fuente de la verdad, recibiendo esa agua viva en su corazón, comprendió que
existía algo más que la esperanza y la bendición de Israel –esto es, Jesús
mismo. Ella hace lo que es adecuado para Jesús en Su rechazo –para Aquel que
es la resurrección, antes de serlo nuestra vida. Su corazón asocia a María
con aquel acto de Él, y ella le unge para Su entierro. Para ella es Jesús
mismo de quien se trataba –un Jesús rechazado, tomando la fe su lugar en
aquello que era la simiente de la asamblea, todavía oculta en el suelo de
Israel y de este mundo, pero la cual, en la resurrección, saldría con toda la
belleza de la vida de Dios –de la vida eterna. Es una fe que se solaza en Él,
en Su cuerpo, en el que estaba a punto de experimentar el castigo del pecado
para nuestra salvación. El egoísmo de la incredulidad, traicionando su pecado
en su desprecio hacia Cristo, y en su indiferencia, propicia al Señor la ocasión
para conferir su verdadero valor a esta acción de Su querida discípula. El
ungimiento de Sus pies es lo que se destaca aquí, como mostrando que todo lo
que era de Cristo tenía para ella un valor que no le hacía mirar otra cosa. Ésta
es una apreciación verdadera de Cristo. La fe que conoce Su amor, el cual
sobrepasa el conocimiento –esta clase de fe es de olor grato en toda la casa.
Y Dios lo recuerda conforme a Su gracia. Jesús la comprendió; esto era todo
cuanto ella quería. Él la justifica: ¿quién resolvería levantarse contra
ella? Concluye la escena, y se reanuda el curso de los acontecimientos.
La
enemistad de los judíos (¡ay!, y la del corazón del hombre, abandonado a sí
mismo, y consecuentemente al enemigo que es un homicida por naturaleza, y el
enemigo de Dios –un enemigo que nada meramente humano puede subyugar) estaría
dispuesto a matar a Lázaro también. El hombre es realmente capaz de esto, pero
¿capaz de qué? Todo cede ante el odio –a esta clase de odio de Dios, quien
se manifiesta a Sí mismo. Pero para esto sería de hecho inconcebible. Ellos
debían ahora creer en Jesús o rechazarle, pues Su poder era tan evidente que
debían hacer lo uno o lo otro –un hombre públicamente resucitado de entre
los muertos después de cuatro días, y vivo entre el pueblo, no dejaba
posibilidad de indecisión. Jesús lo sabía por conocimiento divino. Se
presenta como Rey de Israel para afirmar Sus derechos, y para ofrecer la salvación
y la gloria prometida al pueblo, y a Jerusalén49.
El pueblo comprendió esto. Debía ser un rechazo deliberado, como los fariseos
eran bien conscientes. Pero la hora había llegado; aunque no podían hacer
nada, pues el mundo fue a por Él, Jesús fue dado muerte, pues «Él se dio a Sí
mismo».
El
segundo testimonio de Dios acerca de Cristo le ha sido ahora rendido como el
verdadero Hijo de David. Él ha recibido el testimonio de Hijo de David al
resucitar a Lázaro (cap. 11:4), y de Hijo de David al montar hacia Jerusalén
sobre lomos de un asno. Había aún otro título para ser reconocido. Como Hijo
del Hombre, Él tenía que poseer todos los reinos de la tierra. Los griegos50
acuden –pues Su fama se había expandido–, deseándole ver. Jesús dice «La
hora ha llegado para que el Hijo del Hombre sea glorificado». Pero ahora
regresa a los pensamientos para los que el ungüento de María era la expresión
de Su corazón. Él debería haber sido recibido como Hijo de David; pero al
tomar Su lugar como Hijo del Hombre, algo nuevo emerge forzosamente ante Él. ¿Cómo
podía ser Él el Hijo del Hombre, viniendo en las nubes del cielo para tomar
posesión de todas las cosas conforme a los consejos de Dios, si no moría
antes? Si Su servicio humano sobre la tierra había concluido, y Él se hubiera
marchado libre, llamando, si es necesario, a doce legiones de ángeles, nadie
habría tenido parte con Él. Él habría permanecido solo. «Excepto que el
grano de trigo caiga a la tierra y muera, queda solo; y si muere, produce mucho
fruto». Si Cristo toma Su gloria celestial, y no está solo en ella, Él muere
para obtenerla, para traer con Él las almas que Dios le ha dado. De hecho, la
hora había llegado. No podía demorarse más. Todo estaba ahora listo para el
proceso final a este mundo, al hombre y a Israel; y, sobre todo, los consejos de
Dios estaban siendo cumplidos.
Exteriormente,
todo era un testimonio de Su gloria. Entró en Jerusalén triunfante –proclamándole
Rey la multitud. ¿Y qué había de los romanos? Estaban en silencio delante de
Dios. Los griegos vinieron a buscarle. Todo estaba preparado para la gloria del
Hijo del Hombre. Pero el corazón de Jesús conocía bien que para esta gloria
–para la consumación de la obra de Dios, para poseer a un ser humano en la
gloria con Él, para que el granero de Dios se llenara conforme a los consejos
de Su gracia– Él debía morir. Ningún otro camino para que las almas
culpables viniesen a Dios. Aquello que previó el afecto de María, Jesús lo
conoce conforme a la verdad, y conforme a la mente de Dios Él lo siente y se
somete a ello. El Padre responde en este solemne momento dando testimonio del
efecto glorioso de aquello que Su soberana majestad requería a la vez
–majestad que Jesús glorificó plenamente por Su obediencia: y ¿quién podía
hacer esto, excepto Aquel que, por esta obediencia, introdujo el amor y el poder
de Dios capaz de cumplirlo?
En
lo que viene a continuación, el Señor despliega un gran principio relacionado
con la verdad contenida en Su sacrificio. No había vínculo entre la vida
natural del hombre y Dios. Si en el Hombre Cristo Jesús había una vida en
completa armonía con Dios, Él debía ponerla con motivo de esta condición de
hombre. Siendo de Dios, no podía permanecer en relación con el hombre. Éste
no la querría. Jesús moriría antes que no cumplir Su servicio glorificando a
Dios –de no ser obediente hasta el fin. Pero si alguien amaba su vida de este
mundo, la perdería; pues no estaba en relación con Dios. Si alguien, por
gracia, la odiaba –separándose de corazón de este principio de enajenación
de Dios, y entregaba su vida a Él, la poseería en el nuevo y eterno estado.
Servir a Jesús era por lo tanto seguirle; y a donde Él iba, allí estaría Su
siervo. El resultado de la asociación del corazón con Jesús aquí,
manifestado al seguirle, pasa de largo en este mundo, como Él realmente lo
hizo, y las bendiciones del Mesías, a la gloria eterna y celestial de Cristo.
Si alguien le servía, el Padre lo recordaría, y le honraría. Todo esto se
dice en vista de Su muerte, cuyo pensamiento acude a Su mente y turba Su alma. Y
en el justo temor de esa hora del juicio de Dios, y el fin del hombre como Dios
lo había creado aquí sobre la Tierra, Él pide a Dios que le liberara de ese
momento. Ciertamente, Él había venido –no para ser entonces, aunque lo
era– el Mesías, y no para tomar el reino entonces –aunque estaba en Su
derecho–, sino que vino para aquella misma hora: a morir para glorificar a Su
Padre. Esto es lo que Él deseaba, cualesquiera fueran las consecuencias. «Padre,
glorifica tu nombre», es Su única respuesta. Esto es perfección –siente lo
que la muerte es: no habría habido sacrificio si Él no lo hubiera sentido.
Pero mientras lo sentía, Su único deseo fue glorificar a Su Padre. Si esto le
costaba a Él todo, la obra era proporcionalmente perfecta.
Perfecto
en este deseo, y hasta la muerte, el Padre no podía por menos que responderle.
En Su respuesta, según me parece, el Padre anuncia la resurrección. ¡Pero qué
gracia, qué maravilla ser admitido en tales comunicaciones! El corazón queda
abstraído, mientras que es inundado de adoración y de gracia al contemplar la
perfección de Jesús, el Hijo de Dios, hasta la muerte; es decir,
absolutamente; y al verle, con el sentido pleno de lo que era la muerte,
buscando la sola gloria del Padre; el Padre respondió –una respuesta
moralmente necesaria para este sacrificio del Hijo, y para Su propia gloria. Así
Él dijo: «Lo he glorificado, y lo volveré a glorificar». Creo que le
glorificó en la resurrección de Lázaro51.
Él iba a hacer lo mismo en la resurrección de Cristo –una resurrección
gloriosa la cual implicaba la nuestra; incluso como dijo el Señor, sin
mencionar a los Suyos.
Observemos
ahora la relación de las verdades referidas en este asombroso pasaje. La hora
había llegado para la gloria del Hijo del Hombre. Pero para ellos, se
necesitaba que el grano precioso de trigo cayera al suelo y muriera; de lo
contrario habría permanecido solo. Éste era el principio universal. La vida
natural de este mundo en nosotros no tenía parte con Dios. Jesús debía ser
seguido. Así deberíamos nosotros estar con Él. Esto era el servicio
hacia Él. Así también debería ser honrado el Padre. Cristo, por Sí mismo,
contempla la muerte en el rostro, y siente toda su sustancia. No obstante, Él
se entrega a una única cosa –la gloria de Su Padre. El Padre le respondió en
esto. Su deseo debía cumplirse. Su perfección no iba a quedar sin una
respuesta. El pueblo le oye como la voz del Señor Dios, como es descrita en los
Salmos. Cristo –quien, en todo esto, se abnegó completamente– declara que
esta voz vino a causa del pueblo, a fin de que pudieran entender lo que Él era
para salvación de ellos. Luego allí se manifiesta ante Él, quien se había
puesto enteramente de lado, no la gloria futura, sino el valor, la sustancia, la
gloria de la obra que Él estaba a punto de realizar. Los principios de los que
hablamos son aquí llevados al punto central de su desarrollo. En Su muerte, el mundo
fue juzgado: Satanás fue su príncipe, y es echado fuera. En apariencia, es
Cristo quien era así. Por la muerte, Él destruyó moral y judicialmente aquel
que tenía el imperio de la muerte. Fue la total y entera aniquilación de todos
los derechos del enemigo, sobre quienes estuvieran siendo ejercidos y sobre
cualquier cosa que ejercieran su influencia, cuando el Hijo de Dios y el Hijo
del Hombre llevó el juicio de Dios como Hombre en obediencia hasta la muerte.
Todos los derechos de Satanás poseídos a través de la desobediencia del
hombre y el juicio de Dios sobre ello, eran sólo los derechos en virtud de las
reivindicaciones de Dios sobre el hombre, y retornados nuevamente sólo a
Cristo. Y siendo levantado entre Dios y el mundo, en obediencia, sobre la cruz,
llevando aquello que era debido al pecado, Cristo devino el punto de atracción
para todos los hombres vivos, para que mediante Él todos pudieran acercarse a
Dios. Mientras estaba vivo, Jesús debió haber sido reconocido como el Mesías
de la promesa. Levantado de la tierra como una víctima ante Dios, no estando ya
en la Tierra como vivo sobre ella, Él fue el punto de atracción hacia Dios
para todos aquellos que, vivos sobre la Tierra, estaban alienados de Dios, como
hemos visto, a fin de que pudieran venir a Él allí –por gracia–, y tener
la vida a través de la muerte del Salvador. Jesús previene al pueblo que era sólo
por un poco de tiempo que Él, la luz del mundo, permanecería con ellos. Ellos
debían creer mientras hubiera tiempo. Pronto vendrían las tinieblas, y no sabrían
ellos adónde ir. Vemos que, cualesquiera fuesen los pensamientos que ocupaban
Su corazón, el amor de Jesús nunca se enfriaba. Él piensa en aquellos
alrededor de Él –en los hombres conforme a su necesidad.
Sin
embargo, ellos no creyeron de acuerdo al testimonio del profeta, dado en vistas
de Su humillación hasta la muerte, y ofrecido teniendo en cuenta la visión de
Su gloria divina, la cual no podía por menos que traer juicio sobre un pueblo
rebelde (Isa. 53 y 6).
Tal
es la gracia, que Su humillación debía ser su salvación; y, en la gloria que
los juzgaba, Dios recordaría los consejos de Su gracia, como fruto seguro de
aquella gloria como lo fue el juicio que el tres veces Santo, Jehová de los ejércitos
debía pronunciar contra el mal –un juicio suspendido por Su paciencia,
durante siglos, pero cumplido ahora cuando estos últimos intentos de Su
misericordia eran menospreciados y rechazados. Ellos prefirieron la alabanza de
los hombres.
Por
último, Jesús declara aquello que era realmente Su venida –para que, de
hecho, aquellos que creían en Él, en el Jesús que ellos vieron sobre la
Tierra, creyeran en Su Padre, y vieran a Su Padre. Él vino como la luz, y
aquellos que creyeran no andarían en tinieblas. Él no juzgó, había venido a
salvar, pero la Palabra que Él habló juzgaría a aquellos que la oyeran, pues
era la Palabra del Padre, y la vida eterna.
capítulo
13
Así
pues, el Señor ha tomado Su lugar yendo al Padre. Llegó el tiempo para ello.
Él toma Su lugar en lo alto, conforme a los consejos de Dios, y no se halla más
en relación con un mundo que le había rechazado; pero Él ama a los Suyos
hasta la muerte. Hay dos cosas que tiene presentes: por una parte, el pecado
tomando la forma más dolorosa para Su corazón; y por otra, el sentido de toda
la gloria que le es dada a Él como Hombre, y de donde Él vino y a donde se
estaba dirigiendo; es decir, Su gloria y Su carácter personal en relación con
Dios, y la gloria que le fue dada. Él vino de Dios e iba a Dios; y el Padre
puso todas las cosas en Sus manos.
Pero
ni Su entrada en la gloria, ni la conciencia de pecado del corazón humano,
apartan Su corazón de Sus discípulos, o incluso de sus necesidades. Solamente
ejerce Él Su amor para vincularlos consigo mismo en la nueva posición que
estaba creando para ellos, entrando así en ella. No podía permanecer ya con
ellos sobre la Tierra; y si los dejaba, y debía hacerlo, no los abandonaría,
sino que los haría aptos para que estuvieran donde Él estaría. Los amaba con
un amor que nada pudo detener. Siguió hasta perfeccionar los resultados de
ellos; y Él debía adaptarlos para estar con Él. ¡Bendito cambio que el amor
realizó estando Él aquí con ellos! Tenían que tener una parte con Aquel que
vino de Dios e iba a Dios, y en aquellas manos el Padre había depositado todas
las cosas; pero entonces ellos tenían que ser adaptados para estar con Él allí.
Para este fin, Él es todavía siervo de ellos en amor, y aún más que nunca.
Sin duda que Él había sido esto en Su perfecta gracia, pero lo fue mientras
estuvo con ellos. Ellos fueron así, en cierto sentido, compañeros. Cenaron
todos juntos en la misma mesa. Pero Él abandona esta posición, como hiciera
con Su asociación personal con Sus discípulos ascendiendo al cielo, al ir a
Dios. Pero si lo hace, Él todavía se ciñe para su servicio, y toma el agua52
para lavar sus pies. Aunque en el cielo, Él todavía nos sirve53.
El resultado de este servicio es que el Espíritu Santo se lleva prácticamente
por la Palabra toda la suciedad que recogemos cuando caminamos por este mundo de
pecado. En nuestro camino, tenemos contacto con este mundo que rechazó a
Cristo. Nuestro abogado en lo alto –comparar 1 Juan 2– nos purifica de esta
suciedad en vista de las relaciones con Dios Su Padre, a las cuales Él nos ha
llevado entrando en ellas Él mismo como Hombre en lo alto.
Se
requería una pureza que conviniera a la presencia de Dios, pues Él iba allí.
Sin embargo, son solamente los pies los que se tienen en cuenta. Los sacerdotes
que servían a Dios en el tabernáculo eran lavados cuando eran consagrados. Su
lavamiento no fue repetido. Así, una vez renovados espiritualmente por la
Palabra, esto no se repite para nosotros. En «aquel que está lavado» es una
palabra diferente de «excepto para lavar sus pies». Lo primero es bañar todo
el cuerpo, lo último es el lavar las manos o los pies. Nosotros necesitamos
esto último constantemente, pero no somos, una vez nacidos por la Palabra,
lavados otra vez del todo, más que se repitiera con los sacerdotes en su
primera consagración. Los sacerdotes lavaban sus manos y sus pies cada vez que
acometían su servicio –cada vez que se acercaban a Dios. Nuestro Jesús
restaura la comunión y el poder para servir a Dios, cuando la hemos perdido. Lo
hace, y con vistas a la comunicación y el servicio, pues ante Dios estamos
totalmente limpios a modo personal. El servicio era el servicio de Cristo –el
de Su amor. Él secó sus pies con el paño con el que se ceñía –una
circunstancia expresiva del servicio. Los medios de la purificación eran agua
–la Palabra, aplicada por el Espíritu Santo. Pedro se encoge ante la idea de
que Cristo se humillara de esta manera; pues debemos someternos a este
pensamiento, que nuestro pecado es tal que nada menos que la humillación de
Cristo para lavarnos de él. Nada más nos hará conocer realmente la perfecta y
deslumbrante pureza de Dios, o el amor y la devoción de Jesús; y en la
comprensión de éstos consiste el tener un corazón santificado por la
presencia de Dios. Pedro, entonces, quería que el Señor le lavara también la
cabeza y las manos. Pero esto ya fue efectuado. Si somos de Él, somos nacidos
de nuevo y purificados por la Palabra que Él ha aplicado a nuestras almas. Sólo
nos ensuciamos los pies al caminar. Es según el modelo de este servicio de
Cristo en gracia que tenemos que actuar con respecto a nuestros hermanos.
Judas
no era limpio; no había nacido de nuevo, no estaba lavado por medio de la
Palabra que Jesús habló. No obstante, siendo enviado por el Señor, aquellos
que le recibían también recibían a Cristo. Y esto es cierto además acerca de
aquellos a quienes Él envía por Su Espíritu. Este pensamiento retrotrae la
traición de Judas a la mente del Señor; Su alma está afligida por esta idea,
y desahoga el corazón declarándolo a Sus discípulos. Con lo que Su corazón
está ocupado aquí es, no Su conocimiento del individuo, sino del hecho que uno
de ellos iba a hacerlo, uno de aquellos que habían sido Sus compañeros.
Por
consiguiente, fue a razón de que él dijera esto que los discípulos se miraron
unos a otros. Ahora había otro cerca de Él, el discípulo que amaba Jesús;
pues tenemos, en toda esta parte del Evangelio de Juan, el testimonio de la
gracia que responde a las diversas formas de malicia e impiedad en el hombre.
Este amor de Jesús había formado el corazón de Juan –le había dado
confianza y constancia de afecto; y consecuentemente, sin ningún otro motivo
que éste, él estuvo lo suficiente cerca de Jesús para recibir comunicaciones
de Él. No era a fin de recibirlas que se puso cerca de Jesús; él se puso allí
porque amaba al Señor, cuyo amor le había ligado tanto a Sí mismo; pero,
estando allí él, era capaz de recibir estas comunicaciones. Así podemos todavía
aprender de Él.
Pedro
le amaba; pero había demasiado de inadecuado en Pedro para el servicio, si Dios
le llamaba a él –y Él lo hizo en gracia cuando le hubo humillado lo bastante
para conocerse a sí mismo, pero en intimidad. ¿Quién, entre los doce, dio
testimonio como Pedro, en quien Dios fue poderoso hacia la circuncisión? Pero
no hallamos en sus epístolas aquello que hallamos en las de Juan54.
Además, cada uno tiene su lugar ofrecido en la soberanía de Dios. Pedro amaba
a Cristo; y vemos que, ligado también a Juan con este vínculo de afecto común,
están constantemente juntos como vemos al final de este Evangelio, siendo que
él está ansioso por conocer la suerte de Juan. Él utiliza entonces a Juan
para preguntar al Señor cuál de entre ellos le traicionaría. Recordemos que
estar cerca de Jesús por causa de Él, es la manera de poseer Su mente cuando
surgen pensamientos ávidos.
Jesús
señala a Judas cuando moja en el plato, lo cual significaba que podría haber
delatado a cualquier otro, pero que para aquél sólo significó el sello de su
ruina. Es realmente así en la medida de cada favor de Dios vertido dentro de un
corazón que lo rechaza. Después de mojar el pan, Satanás entra en Judas. Impío
desde el principio al ser codicioso, y cediendo de costumbre a las tentaciones
ordinarias, aunque estaba con Jesús, endureció el corazón contra el efecto de
esa gracia que siempre estaba ante sus ojos, cedió a la sugerencia del enemigo
y se hizo el instrumento de los sumos sacerdotes para entregar al Señor. Él
sabía lo que ellos querían, y fue a ofrecérselo. Cuando a causa de su larga
familiaridad con la gracia y la presencia de Jesús, al tiempo que se deleitaba
en el pecado, para Judas perdieron totalmente su influencia la gracia y el
pensamiento de la Persona de Cristo, quedando en un estado de insensibilidad al
entregarle. El conocimiento que tenía del poder del Señor le ayudó a
entregarse al diablo, y ello fortaleció la tentación de Satanás, pues
evidentemente estaba seguro de que Jesús tendría nuevamente éxito escapándose
de las manos de Sus enemigos; y por lo que hacía al poder, Judas tenía razón
al pensar que podía haber hecho así. Pero ¿qué sabía él de los
pensamientos de Dios? Todo era oscuridad, moralmente, en su alma.
Y
ahora, después de este último testimonio, que fue tanto una señal de la
gracia como un testimonio del verdadero estado de su corazón, insensible a este
testimonio –como queda expresado en el Salmo que aquí se cumple–, Satanás
entra en él, tomando posesión de su ser hasta el punto de volverlo insensible
hacia todo lo que podría haberle hecho sentir, aun como hombre, la horrenda
naturaleza de lo que iba a hacer; y le enflaqueció así al llevar a cabo este
mal, de modo que ni su conciencia ni su corazón fueran despertados en el acto
de cometerlo. ¡Terrible condición! Satanás le poseyó, hasta que se vio
obligado a dejarle al juicio del cual no podía ocultarse, y el cual será suyo
en el momento indicado por Dios –un juicio que se manifestó a la conciencia
de Judas cuando el mal fue hecho, demasiado tarde –y el sentimiento que se
muestra mediante una desesperación que su relación con Satanás sólo hacía
aumentar–, pero el cual es obligado a dar testimonio de Jesús ante aquellos
que sacaron rendimiento de su pecado y se burlaron de su angustia. Pues la
desesperación va en pos de la verdad; el velo es rasgado; deja de existir el
autoengaño; la conciencia queda descubierta ante Dios, pero es delante de Su
juicio. Satanás no engañará allí; y no la gracia, sino la perfección de
Cristo, será la que se revelará. Judas rindió testimonio de la inocencia de
Jesús, como hizo el ladrón en la cruz. Es así que la muerte y la destrucción
oyeron la fama de Su sabiduría: sólo Dios lo sabe (Job 28:22, 23).
Jesús
conocía su condición. No fue sino el cumplimiento de aquello que Él iba a
hacer, por medio de uno para quien no había ya esperanza. «Lo que haces»,
dijo Jesús, «hazlo rápido». ¡Pero qué palabras cuando las oímos de labios
de Aquel que era el mismo amor! Sin embargo, los ojos de Jesús no se fijaban en
Su propia muerte. Él está solo. Nadie, ni siquiera Sus discípulos, tuvieron
ninguna parte con Él. Ellos no podían seguirle adonde Él iba, más que los
propios judíos. ¡Solemne pero gloriosa hora! Un Hombre que iba a encontrarse
con Dios en donde el hombre quedaba separado de Dios –iba a encontrarlo en el
juicio. Esto, de hecho, es lo que Él dice, tan pronto como Judas sale fuera. La
puerta que Judas cerró tras de sí separó a Cristo de este mundo.
«Ahora»,
dice Él, «es glorificado el Hijo del Hombre». Esto lo dijo cuando llegaron
los griegos, pero cuando se trataba de la gloria venidera –Su gloria como
cabeza de todos los hombres, y, de hecho, de todas las cosas. Pero esto aún
estaba por llegar, y Él dijo «Padre, glorifica tu nombre». Jesús debía
morir. Era aquello lo que glorificaba el nombre de Dios en un mundo de
pecado. Era la gloria del Hijo del Hombre para llevarla a cabo allí, donde todo
el poder del enemigo, y el juicio de Dios sobre el pecado, se manifestaron.
Donde la cuestión quedó moralmente zanjada, donde Satanás –en su poder
sobre el hombre pecador, el hombre bajo el pecado, plenamente desarrollado en
odio abierto contra Dios– y Dios se encontraron, no como en el caso de Job,
instrumento en las manos de Dios para la disciplina, sino para justicia, aquello
en lo que Dios estaba contra el pecado, pero aquello en lo que, en virtud del
ofrecimiento de Cristo, todos Sus atributos serían ejercitados y glorificados,
y por los cuales, de hecho, a través de lo que tuvo lugar, siendo glorificadas
todas las perfecciones de Dios al manifestarse por medio de Jesús, o por medio
de aquello que Jesús hizo y padeció.
Estas
perfecciones fueron directamente desplegadas en Él, hasta donde alcanzó la
gracia. Pero ahora que la oportunidad del ejercicio de todas ellas había sido
provisto, al tomar Él un lugar que le sometió a la prueba conforme a los
atributos de Dios, Su perfección divina podía manifestarse a través del
hombre en Jesús allí donde Él permanecía en el sitio del hombre; y –hecho
pecado, gracias sean dadas a Dios, para el pecador–, Dios fue glorificado en
Él. Démonos cuenta de lo que hallamos en la cruz: el poder entero de Satanás
sobre los hombres; Jesús solitario y excluido; el hombre en declarada enemistad
hacia Dios en el rechazo de Su Hijo; Dios manifestado en gracia: luego en
Cristo, como Hombre, el amor perfecto hacia Su Padre y obediencia perfecta, y
ello en el lugar del pecado –pues la perfección del amor a Su Padre y la
obediencia fueron cuando Él estaba como pecado ante Dios en la cruz. Entonces
la majestad de Dios fue mejorada, glorificada (Heb. 2:10). Su justicia perfecta
contra el pecado como el Santo; pero en ella Su amor perfecto a los pecadores al
dar a Su Hijo unigénito. Pues por ello conocemos nosotros el amor. Resumiendo:
en la cruz hallamos al hombre en la maldad absoluta –el odio de lo que era
bueno; el pleno poder de Satanás sobre el mundo –el príncipe de este mundo;
el hombre en la perfecta bondad, obediencia, y el amor al Padre a todo coste
para Él mismo; Dios en justicia absoluta, infinita contra el pecado, y en amor
infinito y divino para el pecador. El bien y el mal fueron plenamente zanjados
para siempre, y la salvación efectuada, el fundamento de los nuevos cielos y
tierra nueva puesto. Bien podemos decir «Ahora es el Hijo del Hombre
glorificado en Él.» Completamente deshonrado en el primero, Él es
infinitamente más glorificado en el Segundo, y por tanto pone al Hombre
(Cristo) en la gloria, e inmediatamente, no espera al reino. Pero éste requiere
algunas palabras más concretas, pues la cruz es el centro del universo, según
Dios, la base de nuestra salvación y nuestra gloria, y la brillante manifestación
de la propia gloria de Dios, el centro de la historia de la eternidad.
El
Señor dijo, cuando los griegos desearon verle, que la hora había llegado para
que el Hijo del Hombre fuese glorificado. Él habló a la sazón de Su gloria
como Hijo del Hombre, la gloria que tomaría bajo ese título. Él sintió
realmente que a fin de introducir a los hombres en esa gloria, debía pasar por
la muerte. Pero Él quedó absorto por algo que separaba Sus pensamientos de la
gloria y del sufrimiento –el deseo que poseía Su corazón de que Su Padre
fuese glorificado. Todo había llegado ahora al punto en que esto tenía que
consumarse; y el momento llegó cuando Judas –sobrepasando los límites de la
justa y perfecta paciencia de Dios– salió, dando rienda suelta a su
iniquidad, para consumar el crimen que conduciría al maravilloso cumplimiento
de los consejos de Dios.
En
Jesús sobre la cruz, el Hijo del Hombre ha sido glorificado de una manera más
admirable que lo será incluso para la gloria positiva que pertenece a Él bajo
este título. Sabemos que será vestido con esa gloria, pero en la cruz, el Hijo
del Hombre llevó todo lo que fue necesario para la perfecta manifestación de
toda la gloria de Dios. Todo el peso de esa gloria fue presentado para que Él
lo llevara sobre Sí, para someterle bajo la prueba, para que se evidenciara si
podía Él soportarlo, verificarlo y exaltarlo; y ello presentándolo en el
lugar donde, salvo por esto, el pecado ocultaba esa gloria, y, por decirlo así,
le dio impíamente la mentira. ¿Era capaz el Hijo del Hombre de entrar en tal
lugar, de acometer una tarea así, llevarla a cabo y mantener Su lugar sin
fracasar hasta el final? Esto es lo que Jesús hizo. La majestad de Dios tenía
que vindicarse contra la rebelión insolente de Su criatura; Su verdad, la cual
le amenazó con la muerte, había de ser mantenida; Su justicia establecida
contra el pecado –¿quién podía soportarla?, y al mismo tiempo, Su amor
plenamente demostrado. Teniendo aquí Satanás todos sus malogrados derechos,
obtenidos por nuestro pecado, Cristo –perfecto como Hombre, solo, separado de
todos los hombres, en obediencia, y teniendo como Hombre un objeto únicamente
–la gloria de Dios, divina y perfecta– sacrificándose para este propósito.
Su justicia, Su majestad, Su verdad, Su amor fueron todos verificados en la cruz
como lo fueron en Sí mismo, y revelados solamente allí; y esto con respecto al
pecado.
Dios
puede ahora actuar libremente, conforme a aquello que Él es conscientemente a Sí
mismo, sin ningún otro atributo entorpeciendo u oscureciendo el otro. La verdad
condenó al hombre a la muerte, y la justicia condenó para siempre al pecador,
demandando la majestad la ejecución de la sentencia. ¿Dónde, entonces, estaba
el amor? Si el amor, tal como lo concebía el hombre, tenía que pasar todo por
alto, ¿dónde estarían Su majestad y Su justicia? Asimismo, esto no podía
ser; ni hubiera sido entonces amor, sino indiferencia hacia el mal. Por medio de
la cruz, Él es justo, y Él justifica en gracia; Él es amor, y en este amor Él
otorga Su justicia al hombre. La justicia de Dios toma el lugar del pecado del
hombre para el creyente. La justicia, así como el pecado del hombre,
desaparecen ante la luz clara de la gracia, y no oscurece la soberana gloria de
una gracia como ésta hacia el hombre, quien estaba realmente alienado de Dios.
¿Y
quién llevó a cabo esto? ¿Quién estableció así la gloria de Dios –en
cuanto a su manifestación, y el mejorarla donde había estado, en cuanto al
estado de cosas, comprometida por el pecado? Fue el Hijo del Hombre. Por lo
tanto, Dios le glorifica con Su propia gloria; pues fue de hecho esa gloria que
Él estableció e hizo digna, cuando ante Sus criaturas fue borrada por el
pecado –no podía ser así en sí misma. Y no sólo fue restablecida, sino que
además fue realizada de modo tal que no hubiera podido serlo por otros medios.
Nunca fue el amor como el don del Hijo de Dios para los pecadores; nunca la
justicia –para la cual el pecado es insoportable– fue como aquella que no
escatimó al Hijo de Dios cuando llevó el pecado sobre Sí mismo; y nunca la
majestad como aquella que sostuvo el Hijo de Dios mismo, responsable por toda la
trascendencia de sus exigencias (comparar Heb. 2). Jamás la verdad como
aquella, que no cedió ante la necesidad de la muerte de Jesús. Ahora conocemos
a Dios. Siendo glorificado en el Hijo del Hombre, se glorifica Él en Sí mismo.
Pero, consecuentemente, no espera el día de Su gloria con el hombre, conforme
al pensamiento del capítulo 12. Dios le llama a Su propia diestra, y le hace
sentarse allá en seguida, y solo. ¿Quién podría estar allí –salvo en espíritu–
sino Él? Aquí Su gloria está relacionada con aquello que Él podía hacer
solo –con aquello que puede haber hecho en solitario; y de lo cual Él tendrá
el fruto solo con Dios, pues Él era Dios.
Otras
glorias vendrán a su debido tiempo. Él las compartirá con nosotros, aunque en
todo Él tenga la preeminencia. Aquí Él está, y debe estarlo siempre, solo
–es decir, en aquello que es personal de Sí mismo. ¿Quién compartió la
cruz con Él, sufriendo por el pecado, y cumpliendo la justicia? Nosotros, en
realidad, la compartimos con Él en lo que respecta al sufrimiento por causa de
la justicia, y por el amor de Él y Su pueblo, hasta la muerte; y así
participaremos también de Su gloria. Pero es evidente que no podíamos
glorificar a Dios por el pecado. Aquel que no conoció pecado, podía ser hecho
pecado solo. Solamente El Hijo de Dios pudo soportar esta carga.
En
este sentido, el Señor –cuando Su corazón halló el alivio derramando estos
gloriosos pensamientos, estos maravillosos consejos– se dirigió a Sus discípulos
con afecto, contándoles que su relación con Él aquí abajo pronto terminaría,
que Él marchaba adonde ellos no podían seguirle, más de lo que pudieran
hacerlo los judíos incrédulos. El amor fraternal tenía, en cierto sentido,
que tomar Su lugar. Tenían que amarse los unos a los otros como Él los había
amado, con un amor superior a las faltas de la carne en sus hermanos –amor
fraternal de gracia en estos aspectos. Si la columna principal era tomada de
ellos, en la cual todos se reclinaban, ellos tendrían que soportarse
mutuamente, aunque no por sus propios medios. Y así serían conocidos los discípulos
de Cristo.
capítulo 14
El
Señor comienza ahora el discurso con ellos, en vista de Su partida. Él se
marchaba donde ellos no podían ir. Para el ojo humano, ellos serían dejados
solos sobre la Tierra. Es por el sentimiento de esta aparente condición de
soledad que el Señor toma la palabra, mostrando que Él era un objeto
para la fe, igual que Dios lo era. Al hacer esto, Él les descubre toda la
verdad con respecto a su condición. Su obra no es el asunto que trata, sino la
posición de ellos en virtud de esa obra. Su Persona debería haber sido para
ellos la llave a esa posición, y es lo que iba a ser ahora. El Espíritu Santo,
el Consolador, el cual iba a venir, sería el poder por el que ellos la
disfrutarían, y más todavía.
A
la pregunta de Pedro «Señor, ¿dónde habitas?» el Señor le responde. Sólo
cuando el deseo de la carne intenta entrar en la senda en la que Jesús entraba,
el Señor no podía por menos que decir que la fortaleza de la carne para nada
aprovecha; pues, de hecho, él se propuso seguir a Cristo en la muerte. ¡Pobre
Pedro!
Cuando
el Señor escribió la sentencia de muerte sobre la carne para nosotros, revelándonos
su impotencia, Él puede entonces (cap. 14) revelar aquello que está más allá
por la fe; y aquello que nos pertenece a través de Su muerte, devuelve su luz,
y nos enseña quién era Él, aun estando sobre la Tierra, y siempre antes de
que el mundo fuese. Él regresaba al lugar del que vino. Pero comienza con Sus
discípulos donde éstos estaban, y cubre la necesidad de sus corazones explicándoles
de qué manera –mejor en cierto sentido, que siguiéndole a Él aquí abajo–
ellos estarían con Él cuando se ausentara. Ellos no vieron a Dios físicamente
presente entre ellos: para gozar de esta presencia, creyeron en Él. Había de
ocurrir lo mismo con respecto a Jesús. Ellos tenían que creer en Él. No los
abandonaba al marcharse de ellos, como si solamente hubiera lugar para Él en la
casa del Padre –alude al templo como figura. Había lugar para todos ellos. El
marchar allí, era todavía Su pensamiento –Él no está allí como el Mesías.
Le vemos en las relaciones en las que permaneció conforme a las verdades
eternas de Dios. Él siempre tenía en mente Su partida. Caso de no haber habido
lugar para ellos, Él no se lo habría contado. Su lugar estaba con Él. Pero se
marchaba a prepararles este lugar. Sin presentar allí la redención, y presentándose
Él como el nuevo hombre conforme al poder de esa redención, no había lugar
habilitado en el cielo. Él entra en el cielo en el poder de esa vida que los
introduciría a ellos también. Pero no marcharían solos para unirse con Él,
ni Él se uniría a ellos aquí abajo. El cielo, no la Tierra, era la cuestión.
Ni tampoco mandaría llamarlos por medio de otros, sino que como aquellos que
tanto estimaba, Él mismo vendría a buscarlos, y los recibiría a Sí mismo,
que donde Él estaba pudieran ellos estar también. Él vendría desde el trono
del Padre; allí, por supuesto, no pueden sentarse ellos; pero Él los recibirá
allí, donde permanecerá en gloria delante del Padre. Iban a estar con Él
–una posición mucho más excelente que el permanecer aquí abajo, incluso
siendo el Mesías en gloria sobre la Tierra.
Habiéndoles
dicho adónde iba, es decir, a Su Padre –y hablando conforme al efecto de Su
muerte para ellos–, les explica que ellos sabían a dónde iba, y el camino.
Él marchaba al Padre, y ellos vieron al Padre al haberlo visto a Él. Así,
habiendo visto al Padre, conocían el camino; pues cuando venían a él, venían
al Padre, quien estaba en Él así como Él estaba en el Padre. Él mismo era,
entonces, el camino. Por lo tanto, recrimina a Felipe que le hayan conocido aún.
Había estado tiempo con ellos, como la revelación en Su propia Persona del
Padre, y debieron haberle conocido, y ver que Él estaba en el Padre, y el Padre
en Él, y así haber conocido adonde Él marchaba, pues era al Padre. Les había
declarado el nombre del Padre, y si eran incapaces de ver al Padre en Él, o ser
convencidos de ello por Sus palabras, deberían haberlo sabido por Sus obras,
pues el Padre que habitaba en Él era quien hacía las obras. Esto dependía de
Su Persona, estando todavía en el mundo; pero una prueba sorprendente estaba
relacionada con Su partida. Después de que se fuera, ellos harían obras aún
mayores que las que hizo Él, porque actuarían en relación con Su mayor
proximidad al Padre. Esto era un requisito para Su gloria. Hasta carecía de límites.
Él los situó en una relación inmediata con el Padre por el poder de Su obra y
de Su nombre; y cualquier cosa que ellos pidieran al Padre en Su nombre, Cristo
mismo lo haría para ellos. Su petición sería oída y ofrecida por el Padre
–mostrando qué proximidad había conseguido para ellos; y Él (Cristo) haría
todo lo que le pidieran. Pues el poder del Hijo no era, y no podía ser,
limitado para la voluntad del Padre; no había límite a Su poder.
Pero
esto condujo a otro asunto. Si ellos le amaban, tenían que demostrarlo, no en
lamentos, sino en guardar Sus mandamientos. Tenían que caminar en obediencia.
Esto caracteriza al discipulado hasta el momento presente. El amor desea estar
con Él, pero se muestra a sí mismo obedeciendo Sus mandamientos. Pues Cristo
también tiene un derecho a mandar. Por otra parte, Él procuraría por el bien
de ellos desde arriba, y se les ofrecería otra bendición; esto es, el Espíritu
Santo mismo, el cual nunca los abandonaría, como Cristo tampoco lo haría. El
mundo no supo recibirle. Cristo, el Hijo, fue mostrado a los ojos del mundo, y
debió haber sido recibido por él. El Espíritu Santo actuaría, siendo
invisible; pues por el rechazo de Cristo, todo terminó con el mundo en sus
relaciones naturales y creacionales con Dios. Pero el Espíritu Santo sería
dado a conocer por los discípulos. Él no sólo permanecería con ellos, como
Cristo no podía, sino que estaría en ellos, no con ellos como Él era. El Espíritu
Santo no sería visto entonces o conocido por el mundo.
Hasta
ahora, en Su discurso, Él condujo a los discípulos a seguirle –en espíritu–
arriba, a través del conocimiento cuya familiarización con el mismo les
revelaba el lugar adonde Él iba, y este camino. Él mismo era el camino, como
hemos visto. Él mismo era la verdad, en la revelación –y una revelación
perfecta– de Dios y de la relación del alma a Él; y, realmente, de la
condición verdadera y carácter de todas las cosas, al manifestar la luz
perfecta de Dios en Su propia Persona que le reveló. Él era la vida, en que
Dios y la verdad podían así ser conocidos. Los hombres venían a través de Él.
Éstos hallaron al Padre revelado en Él; y ellos poseyeron en Él aquello que
les capacitaba gozar, y en la aceptación a la que ellos de hecho llegaron, del
Padre.
Pero
ahora, no es lo objetivo aquello que Él presenta, ni el Padre en Él –al cual
deberían haber conocido ellos– ni Él en el Padre, cuando estuvo aquí abajo.
Él no eleva los pensamientos de ellos al Padre a través de Sí mismo y en Sí
mismo, y Él en el Padre en el cielo. Les presenta aquello que les sería dado
aquí abajo –la corriente de bendición que manaría para ellos en este mundo,
en virtud de aquello que Jesús era, y lo que era para ellos, en el cielo. Una
vez presentado el Espíritu Santo como enviado, el Señor dice «No os dejaré
huérfanos, vendré a vosotros». Su presencia, en espíritu aquí abajo, es el
consuelo de Su pueblo. Ellos le verían, y esto es mucho más cierto que verle a
Él con los ojos de la carne. Sí, más cierto; es conocerle de un modo mucho más
real, aunque por la gracia ellos hubieran creído en Él como el Cristo, el Hijo
de Dios. Y además, esta visión espiritual de Cristo a través del corazón, y
la presencia del Espíritu Santo, está relacionada con esta vida. «Porque yo
vivo, vosotros también viviréis». Le vemos, porque tenemos vida, y esta vida
es en Él, y Él en esta vida. «Esta vida está en el Hijo». Es igual de
certera que su duración. Se deriva de Él. Porque Él vive, nosotros
viviremos. Nuestra vida es, en todo, la manifestación de Aquel que es nuestra
vida. Como el apóstol lo expresa: «Que la vida de Jesús pueda manifestarse en
nuestros cuerpos mortales». ¡Ay!, la carne se resiste, pero ésta es nuestra
vida en Cristo.
Esto
no es todo. Habitando el Espíritu Santo en nosotros, sabemos que estamos en
Cristo55.
«Aquel día sabréis que yo soy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en
vosotros». No es «El Padre en mí [lo cual, no obstante, es siempre cierto] y
yo en Él» –palabras, la primera de las cuales, aquí omitida, expresa la
realidad de Su manifestación del Padre sobre la Tierra. El Señor solamente
expresa aquello que pertenece a Su ser real y divino de ser Uno con el Padre «Yo
soy en mi Padre». Es esta última parte de la verdad –implícita, sin duda,
en la otra cuando se comprende bien–, de la que habla el Señor. No podía ser
realmente así; pero podría pensarse tal cosa como una manifestación de Dios
en un hombre sin ser este hombre realmente Dios –verdaderamente Dios en Sí
mismo–, que es menester decir también que Él es en el Padre. La gente sueña
en estas cosas; hablan de la manifestación de Dios en la carne. Hablamos de
Dios manifestado en carne. Pero aquí es obviada toda ambigüedad. Él era en el
Padre, y es esta parte de la verdad la cual se repite aquí; añadiendo que, en
virtud de la presencia del Espíritu Santo, mientras los discípulos debían
conocer plenamente a la divina Persona de Jesús, deberían conocer además que
ellos mismos eran en Él. Aquel que está unido al Señor, es un espíritu. Jesús
no dijo que deberían haber conocido esto mientras estaba Él con ellos sobre la
Tierra. Deberían haber sabido que el Padre era en Él, y Él en el Padre. Pero
en eso, Él estaba solo. Los discípulos, sin embargo, habiendo recibido al Espíritu
Santo, debieron conocer que ellos eran uno con Él –una unión de la que el
Espíritu Santo es la fuerza y el vínculo. La vida de Cristo mana de Él en
nosotros. Él es en el Padre, nosotros en Él, y Él también en nosotros,
conforme al poder de la presencia del Espíritu Santo.
Éste
es el sujeto de la fe común, cierta en todos. Pero existe una guardia constante
y un gobierno, y Jesús se manifiesta a nosotros en relación con, y de una
manera dependiente de, nuestro caminar. Aquel que tiene en cuenta la voluntad
del Señor, la posee y la observa. Un buen hijo no sólo obedece cuando
conoce la voluntad de su padre, sino que adquiere el conocimiento de esa
voluntad escuchándola. Éste es el espíritu de obediencia en amor. Si actuamos
así con respecto a Jesús, el Padre, quien toma nota de todo lo que se refiere
a Su Hijo, nos amará. Jesús nos amará también, y se manifestará a nosotros.
Judas (no el Iscariote) no comprendió esto porque no veía más lejos de una
manifestación corporal de Cristo, igual que la podía percibir el mundo. Jesús
añade por tanto, que el discípulo verdaderamente obediente –y aquí Él
habla más espiritualmente y de modo más general de Su Palabra, no meramente de
Sus mandamientos– sería amado por el Padre, y que el Padre y Él mismo vendrían
y harían morada con él. Así que, si hay obediencia mientras esperamos el
momento en que iremos a vivir con Jesús en la presencia del Padre, Él y el
Padre habitan en nosotros. El Padre y el Hijo se manifiestan en nosotros, en
quienes el Espíritu Santo habita, igual que el Padre y el Espíritu Santo
estaban presentes cuando el Hijo estaba aquí abajo –no podía ser de otra
manera, pues Él era el Hijo, y nosotros sólo vivimos por Él –el Espíritu
Santo habitando sólo en nosotros. Pero con respecto a estas Personas gloriosas,
no están desunidas. El Padre hizo las obras en Cristo, y Jesús echó fuera a
los demonios por el Espíritu Santo; sin embargo, el Hijo obró. Si el Espíritu
Santo está en nosotros, el Padre y el Hijo vienen y hacen Su morada en
nosotros. Solamente se observará aquí que hay un gobierno. Somos, conforme a
la vida nueva, santificados para la obediencia. No se trata aquí del amor de
Dios en gracia soberana hacia un pecador, sino de los tratos del Padre con Sus
hijos. Por lo tanto, es en el camino de la obediencia donde se hallan las
manifestaciones del amor del Padre y de Cristo. Amamos, no acariciamos, a
nuestros revoltosos hijos. Si afligimos el Espíritu, Él no será en nosotros
el poder de la manifestación a nuestras almas del Padre y del Hijo en comunión,
sino que más bien actuará en nuestras conciencias en convicción, aunque dándonos
el sentido de la gracia. Dios puede restaurarnos por Su amor, y testificar a
nuestras conciencias cuando nos hayamos desviado; pero la comunión es en la
obediencia. Por último, Jesús tenía que ser obedecido; pero fue la Palabra
del Padre a Jesús, observémoslo bien, como Él fue aquí abajo. Sus palabras
eran las palabras del Padre.
El
Espíritu Santo rinde testimonio de aquello que Cristo era, así como de Su
gloria. Es la manifestación de la vida perfecta de Hombre, y de Dios en Hombre,
del Padre en el Hijo –la manifestación del Padre por el Hijo, que está en Su
seno. Tales eran las palabras del Hijo aquí abajo. Y cuando hablamos de Sus
mandamientos, no es solamente la manifestación de Su gloria por el Espíritu
Santo cuando Él está en lo alto, y sus resultados, sino que Sus mandamientos,
cuando Él los dijo aquí y habló las palabras de Dios. Pues Él no tenía al
Espíritu Santo por medida para que Sus palabras hubieran sido entremezcladas, y
en parte imperfectas, o cuando menos no divinas. Él fue verdaderamente Hombre,
y siempre un Hombre; pero fue Dios manifestado en carne. El antiguo mandamiento
del principio es nuevo, puesto que esta misma vida, que se expresó en Sus
mandamientos, ahora nos mueve y nos anima –cierto de Él y de nosotros
(comparar 1 Juan 2). Los mandamientos son aquellos del Hombre Cristo, pero son
los de Dios y las palabras del Padre, de acuerdo a la vida que se ha manifestado
en este mundo en la Persona de Cristo. Éstas expresan en Él, y forman y
dirigen en nosotros, esa vida eterna que estaba con el Padre, y la cual ha sido
manifestada a nosotros en el hombre –en Aquel que los apóstoles podían ver,
escuchar y tocar; y cuya vida poseemos nosotros en Él. Sin embargo, el Espíritu
Santo nos ha sido dado para llevarnos a toda la verdad, según este mismo capítulo
de la epístola de Juan «Tenéis la unción del Santo, y sabéis todas las
cosas».
Dirigir
la vida es algo diferente de conocer todas las cosas. Las dos van relacionadas,
porque caminando de acuerdo a esa vida, no afligimos al Espíritu, y estamos en
la luz. Para dirigir la vida, allí donde existe, no es lo mismo que dar una ley
impuesta sobre el hombre en la carne –de manera justa, no lo dudo–, prometiéndole
la vida si guardaba estos mandamientos. Ésta es la diferencia entre los
mandamientos de Cristo y la ley; no en cuanto a la autoridad –la autoridad
divina es siempre igual en sí misma– sino que la ley ofrece la vida, y es
dirigida al hombre responsable en la carne ofreciéndole esta vida como
resultado. Los mandamientos de Cristo expresan y dirigen la vida de uno que vive
por el Espíritu, en relación con su ser en Cristo, y Cristo en él. El Espíritu
Santo –quien, además de esto, enseña todas las cosas– traía a la memoria
los mandamientos de Cristo –todas las cosas que Él les había dicho. Es la
misma cosa detallada, por Su gracia, con los cristianos individualmente ahora.
Finalmente,
el Señor, en medio de este mundo, dejó la paz a Sus discípulos, dándoles Su
propia paz. Es cuando se marchaba, y en la plena revelación de Dios, que Él
podía decirles esto, pues Él la poseía a pesar del mundo. Había pasado por
la muerte y la bebida amarga de aquella copa quitó los pecados para ellos,
destruyó el poder del enemigo en la muerte, hizo propiciación glorificando
absolutamente a Dios. La paz fue hecha, para ellos ante Dios, y todo en lo cual
fueron introducidos –la luz tal como Él era, a fin de que esta paz fuera
perfecta en la luz; y perfecta en el mundo, porque los llevaba a una relación
con Dios que el mundo no podía siquiera tocar, ni alcanzar su fuente de gozo.
Además, Jesús cumplió esto para ellos de manera que al ofrecérselo, les dio
la paz que Él mismo tenía con el Padre, y en la que, consecuentemente,
caminaba Él en este mundo. El mundo da una parte de sus bienes mientras no
renuncia a la masa, pero lo que da, lo deja de poseer. Cristo nos introduce en
el gozo de aquello que es Suyo –Su propia posición delante del Padre56.
El mundo no da ni puede dar de esta manera. ¡Qué perfecta debe haber sido esta
paz, la cual Él gozó con el Padre –esa paz que Él da a nosotros– a los
Suyos!
Resta
aún un pensamiento precioso –una prueba de gracia inefable en Jesús. Él
considera nuestro afecto, y ello de manera personal para Sí mismo, que les dice
«Si me amarais, os gozaríais, porque os dije que voy al Padre». Él nos hace
interesarnos en Su propia gloria, en Su felicidad, y, en ello, para hallar la
nuestra.
¡Precioso
y buen Salvador, nos alegramos sinceramente que Tú sufrieras tanto por
nosotros, y que hayas llevado a término todas las cosas, que estés reposando
con Tu Padre, cualquiera sea el amor activo hacia nosotros! ¡Ojalá te conociéramos
y te amáramos mejor! Pero todavía podemos decir de todo corazón: ¡ven
pronto, Señor! Deja una vez más el trono de Tu reposo y de Tu gloria personal,
para venir y tomarnos a Ti mismo, que todo pueda cumplirse también para
nosotros, que podamos estar contigo en la luz del semblante de Tu Padre, y en Su
casa. Tu gracia es infinita, pero Tu presencia y el gozo del Padre será el
descanso de nuestros corazones, y nuestro gozo eterno.
Aquí
el Señor concluye esta parte de Su discurso57.
Él les mostró en general todo lo que se desprendía de Su partida y de Su
muerte. La gloria de Su Persona, atención, es siempre aquí el sujeto; pues,
aun con respecto a Su muerte, se dice «Ahora es el Hijo del Hombre glorificado».
No obstante, Él les había prevenido acerca de ello, para que fortaleciera y no
debilitara su fe, pues no hablaría ya mucho con ellos. El mundo estaba bajo el
poder del enemigo, y éste venía: no porque tuviera algo en Cristo –no tenía
nada– por tanto no tenía siquiera el poder de la muerte sobre Él. Su muerte
no fue el resultado del poder de Satanás sobre Él, sino que por ella mostró
al mundo que Él amaba al Padre, y que le era obediente, cualquiera fuese el
coste. Esto fue perfección absoluta en el Hombre. Si Satanás era el príncipe
de este mundo, Jesús no intentó mantener en él Su gloria de Mesías. Pero
mostró al mundo, allí donde estaba el poder de Satanás, la plenitud de la
gracia y de la perfección en Su propia Persona, a fin de que el mundo pudiera
olvidarse de sí (si puedo valerme de tal expresión), al menos aquellos que tenían
oídos para oír.
El
Señor luego cesa de hablar, y sigue adelante. Ya no se encuentra sentado con
los Suyos, como si fueran de este mundo. Se levanta y se va del lugar.
Aquello que dijimos de los mandamientos del Señor, dados durante Su tránsito aquí abajo –un pensamiento que será ampliado en los sucesivos capítulos–, nos ayuda mucho a comprender todo el discurso del Señor aquí hasta el final del capítulo 16. El asunto está dividido en dos partes principales: la acción del Espíritu Santo cuando el Señor se fuera, y la relación de los discípulos para con Él durante Su estancia sobre la Tierra. Por un lado, aquello que derivó de Su exaltación a la diestra de Dios –lo que le elevó sobre la cuestión del judío y el gentil–; y por otra parte, aquello que dependía de Su presencia sobre la Tierra, centrando necesariamente todas las promesas en Su propia Persona, y las relaciones de los Suyos consigo mismo, vistas en relación con la Tierra y ellos mismos en estas relaciones, hasta cuando estuviera Él ausente. Había, en consecuencia, dos clases de testimonio: el del Espíritu Santo, propiamente hablando –es decir, aquello que Él reveló en referencia a Jesús en lo alto–; y el de los discípulos mismos, como testigos oculares de todo lo que vieron y oyeron de Jesús sobre la Tierra (cap. 15:26, 27). No que por este propósito estuviesen ellos desprovistos de la ayuda del Espíritu Santo enviado desde el cielo. Él les trajo el recuerdo de aquello que fue Jesús, y de lo que habló, mientras estuvo sobre la Tierra. Por lo tanto, en el pasaje que estuvimos leyendo, se describe Su obra de la siguiente manera (cap. 14:26): «Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os dije» (comparar vers. 25). Las dos obras del Espíritu Santo son aquí presentadas. Jesús habló de muchas cosas con ellos. El Espíritu Santo les enseñaría todas las cosas; además, Él les evocaría todo lo que había dicho Jesús. En el capítulo 16:12, 13, Jesús les explica que Él tenía muchas cosas que decir, pero que no podían llevarlas. Más tarde, el Espíritu de verdad los conduciría a toda la verdad. Él no hablaría de Sí, sino que todo lo que escuchara, aquello es lo que Él hablaría. Él no era como un espíritu personal, que hablase por su propia cuenta. Uno con el Padre y el Hijo, y descendido para revelar la gloria y los consejos de Dios, todas Sus comunicaciones serían relacionadas con ellos, revelando la gloria de Cristo ascendido en lo alto –de Cristo, a quien pertenecía todo lo que el Padre poseía. Aquí no se trata de recordar todo lo que Jesús dijo sobre la Tierra, y con la plena gloria de Jesús, de lo contrario se referiría a los propósitos venideros de Dios. Volveremos a este asunto más tarde. He dicho estas cuantas palabras para marcar las distinciones que he señalado.
El
comienzo de este capítulo, y de aquello que se refiere a la vid, concierne a la
porción terrenal –a aquello que Jesús fue sobre la Tierra–, a Su relación
con Sus discípulos sobre la Tierra, y no rebasa esta posición.
«Yo
soy la vid verdadera». Jesús había plantado una viña sacada fuera de Egipto
(Salmo 80:8). Ésta es Israel según la carne; pero no era la verdadera Vid. La
verdadera Vid era Su Hijo, al cual sacó fuera de Egipto –Jesús58.
Él se presenta así a Sus discípulos. Aquí no es aquello que Él será después
de Su partida; Él fue esto sobre la Tierra, y solamente sobre ella. No estamos
hablando de plantar viñas en el cielo, ni de podar allí las ramas.
Los
discípulos hubieran considerado al Señor como la rama más excelente de la
Vid; pero así, sólo habría sido un miembro de Israel, mientras que Él mismo
era el recipiente, la fuente de bendición, conforme a las promesas de Dios. La
vid verdadera, por lo tanto, no es Israel; bien al contrario, es Cristo en
contraste con Israel, pero Cristo plantado sobre la Tierra, tomando el lugar de
Israel, como la Vid verdadera. El Padre cultiva esta planta,
evidentemente sobre la Tierra. No hay necesidad de ningún labrador en el cielo.
Aquellos que están unidos a Cristo, como el remanente de Israel, los discípulos,
son los que necesitan este cultivo. Es sobre la Tierra donde se espera una
producción de fruto. El Señor dice por tanto a ellos; «Vosotros ya estáis
limpios, por la palabra que os he hablado». «Vosotros sois los pámpanos».
Judas, si podemos decirlo quizás, fue quitado como pámpano, así como los discípulos
que no caminaron más con Él. Los demás serían probados y purificados, para
que llevaran más fruto.
No
dudo de que esta relación, en principio y en una analogía general, todavía
subsista. Aquellos que hacen una profesión uniéndose a Cristo a fin de
seguirle, serán, si hay vida, purificados; si no, aquello que aun tienen, les
será quitado. Obsérvese por lo tanto aquí, que el Señor habla solamente de
Su Palabra –la del verdadero profeta– y del juicio, sea ya en disciplina o
al cortar. Consecuentemente, Él no habla del poder d Dios, sino de la
responsabilidad del hombre –una responsabilidad que el hombre no será
ciertamente capaz de afrontar sin la gracia, pero que tiene no obstante ese carácter
de responsabilidad personal aquí.
Jesús
era la fuente de toda su fortaleza. Ellos tenían que permanecer en Él. Así
–pues éste es el orden– Él permanecería en ellos. Hemos visto esto en el
capítulo 14. Él no habla aquí del soberano ejercicio del amor en salvación,
sino del gobierno de los hijos por Su Padre; de modo que la bendición depende
del caminar (vers. 21, 23). Aquí el labrador busca fruto; pero la enseñanza
ofrecida presenta una completa dependencia de la vid como el medio de
producirlo. Y Él muestra a los discípulos que, caminando sobre la Tierra, serían
podados por el Padre, y nadie –pues en el versículo 6 Él cambia
cuidadosamente de expresión, porque conocía a los discípulos y los había
declarado ya limpios– que no llevara fruto, sería cortado. El asunto tratado
no es el de la relación con Cristo en el cielo por el Espíritu Santo, sino de
aquel vínculo que incluso entonces fue formado aquí abajo, el cual podría ser
vital y eterno, o no. El fruto sería la prueba.
En
la anterior vid, esto no era necesario. Ellos eran judíos de nacimiento,
estaban circuncidados, guardaban las ordenanzas, y permanecían en la viña como
buenos pámpanos, sin llevar ningún fruto en absoluto. Sólo fueron cortados de
Israel por una violación a voluntad de la ley. No es una relación con Jehová
basada en la circunstancia de ser nacido de una cierta familia. Aquello que se
busca, es glorificar al Padre llevando fruto. Esto es lo que demostraría que
eran discípulos de Aquel que tanto ha soportado.
Entonces,
Cristo era la Vid verdadera; el Padre, el labrador; los once eran los pámpanos.
Habían de permanecer en Él, lo cual es efectuado sin pensar en producir ningún
fruto si no es en Él, mirando primero a Él. Cristo precede al fruto. Es
dependencia, proximidad práctica de corazón y habitual hacia Él, y confianza,
siendo unidos a Él a través de la dependencia. En este sentido, Cristo en
ellos sería una constante fuente de fortaleza y de fruto. Él estaría en
ellos. Fuera de Él, nada podrían hacer. Si permaneciendo en Él tenían la
fuerza de Su presencia, llevarían fruto. Asimismo, «si alguien» –Él no
dice «ellos»; los conocía como verdaderos pámpanos ya limpios– no permanecía
en Él, sería echado para ser quemado. Nuevamente, si permanecían en Él –es
decir, si existía la continua dependencia que se origina en esta fuente–, y
si las palabras de Cristo permanecían en ellos, dirigiendo sus pensamientos y
sus corazones, ellos gobernarían los recursos del poder divino; podrían pedir
lo que quisieran, y les sería hecho. Pero, además, el Padre amó al Hijo
mientras Él habitó sobre la Tierra. Jesús hizo lo mismo con respecto a ellos.
Habían de permanecer en Su amor. En los versículos anteriores, era en Él, aquí,
es en Su amor59.
Al guardar los mandamientos de Su Padre, Él permaneció en Su amor; al guardar
los mandamientos de Jesús, ellos permanecerían en el Suyo. La
dependencia –la cual implica confianza, y referencia a Aquel de quien dependían
para la fuerza, incapaces de hacer nada solos, y aferrándose así a Él– y
obediencia, son los dos grandes principios de la vida práctica aquí abajo. Así,
Jesús caminó como Hombre; conocía por experiencia la verdadera senda para Sus
discípulos. Los mandamientos de Su Padre eran la expresión de lo que el Padre
era; guardándolos en el espíritu de obediencia, Jesús caminó siempre en la
comunión de Su amor; mantuvo la comunión consigo mismo. Los mandamientos de
Jesús sobre esta Tierra eran la expresión de lo que Él era,
divinamente perfecto en el camino del hombre. Al caminar en ellos, Sus discípulos
estarían en la comunión de Su amor. El Señor habló estas cosas a Sus
discípulos a fin de que Su gozo60
permaneciera en ellos, y que ésta fuera completo.
Vemos
que no es la salvación de un pecador la que está cuestionándose en estas líneas,
sino el camino de un discípulo para que pueda gozar plenamente del amor de
Cristo, y que su corazón pueda retirar el oscuro velo en el lugar donde se
halla el gozo.
Tampoco
es la cuestión tratada aquí, de si un verdadero creyente puede separarse de
Dios, porque el Señor hace de la obediencia el medio de permanecer en Su amor.
Ciertamente no podía Él perder el favor de Su Padre, o cesar de ser el objeto
de Su amor. Esto estaba fuera de toda cuestión. Y Él dice «He guardado los
mandamientos de mi Padre, y permanecido en Su amor». Ésta era la senda divina
en la que Él gozó de este amor. Es el caminar y la fortaleza de un discípulo
lo que se habla aquí, y no el medio de la salvación.
En
el versículo 12, empieza otra parte del asunto. Él quiere –esto es
Sus mandamientos– que se amen los unos a los otros, como Él los amó. Antes,
había hablado del amor del Padre por Él, el cual manaba del cielo hacia Su
corazón aquí abajo61.
Él los amó de la misma manera; pero también había sido un compañero, un
siervo, en este amor. Así, los discípulos tenían que amarse mutuamente con un
amor que se elevó por encima de toda la debilidad de los demás, y el cual era
al mismo tiempo fraternal, y que causaba a uno que lo sentía ser el siervo de
su hermano. Iba tan lejos como para poner la propia vida por la de un amigo.
Para Jesús, aquel que le obedecía, era Su amigo. Observemos que Él no dice
que sería el Amigo de ellos; somos Sus amigos cuando disfrutamos su confianza,
como Él lo expresa «Os he contado
todas las cosas que he oído de mi Padre». Los hombres hablan de sus asuntos,
según la necesidad que pueda haber de hacerlos surgir, con aquellos que les
interesa. Yo comunico todos mis pensamientos a uno que es mi amigo. «¿Esconderé
de Abraham aquello que yo haré?» Y Abraham fue llamado el «amigo de Dios».
No se trataba de las cosas concernientes a Abraham mismo, que Dios contó
entonces a Abraham –lo hizo como Dios–, sino de las cosas concernientes al
mundo: Sodoma. Dios hace lo mismo con respecto a la asamblea, prácticamente
para con el discípulo obediente: tal discípulo sería el depositario de Sus
pensamientos. Además, Él los había escogido para esto. No fueron ellos
quienes le escogieron a Él por el ejercicio de su voluntad. Él los escogió y
les ordenó marchar y producir fruto, fruto que permaneciese, de modo que siendo
así escogidos por Cristo para la obra, lo recibieran del Padre, el cual no podía
fallarles en este caso, cualquier cosa que pidieran. Aquí llega el Señor a la
fuente y certeza de la gracia, a fin de que la responsabilidad práctica, bajo
la que los coloca, no oscureciera la gracia divina que actuaba para con ellos y
que los situaba allí.
Ellos
habían, por tanto, de amarse mutuamente62.
Que el mundo los odiara no era sino la consecuencia natural de su odio hacia
Cristo. Sellaba su asociación con Él. El mundo ama aquello que es del mundo;
esto es bastante natural. Los discípulos no eran de él; y, además, el Jesús
que había rechazado los había escogido separándolos del mundo: Por tanto, los
odiaría por causa de ser elegidos en gracia. Asimismo había la razón moral,
esto es, que ellos no eran de él; pero esto demostraba su relación a Cristo, y
Sus soberanos derechos, por los que él los tomó para Sí fuera de un mundo
rebelde. Tendrían la misma parte que su Maestro: sería por causa de Su nombre,
porque el mundo –y Él habla especialmente de los judíos, entre quienes Él
hizo la labor– no conocía al Padre que le envió a Él en amor. Para
vanagloriarse en Jehová como su Dios, les venía muy bien. Hubieran
recibido al Mesías sobre esta base. Conocer al Padre, revelado en Su verdadero
carácter por el Hijo, era algo bastante diferente. Sin embargo, el Hijo le
reveló, y, tanto por Sus palabras como por Sus obras, manifestó al Padre y Sus
perfecciones.
Si
Cristo no hubiera venido y les hubiera hablado, Dios no habría tenido que
reprocharles de pecado. Todavía arrastrarían el pensamiento, incluso si en un
estado impuro y sin ninguna prueba de que no necesitaban a Dios, no regresaban
por misericordia –aunque había en ellos suficiente pecado y trasgresión de
hombres como pueblo bajo la ley. El fruto de una naturaleza caída estaba allí,
no lo dudo, pero no así la prueba de que esta naturaleza prefería el pecado
antes que a Dios, cuando Dios estaba allí en misericordia sin imputárselo. La
gracia trataba con ellos como caídos, no como criaturas voluntariosas. Dios no
tomaba el terreno de la ley, la cual imputa, ni del juicio, sino de la gracia en
la revelación del Padre por el Hijo. Las palabras y las obras del Hijo
revelando al Padre en gracia, rechazado, les dejó sin esperanza (comparar cap.
16:9). Si su verdadera condición no hubiera sido de otro modo sometida a
prueba, Dios habría dispuesto otros medios para utilizarlos. Él amaba
demasiado a Israel para condenarlos mientras hubiera uno que no fuera probado.
Si
el Señor no hubiera hecho entre ellos las obras que nadie más había hecho,
habrían permanecido como estaban, rehusando creer en Él, y no habrían sido
culpables ante Dios. Habrían sido aún el objeto de la paciencia de Jehová;
pero de hecho habían visto y odiado tanto al Hijo como al Padre. El Padre fue
revelado plenamente, y en gracia; ellos le rechazaron. ¿Qué podía hacerse si
no dejarlos en el pecado, apartados de Dios? Si Él hubiera sido manifestado
solamente en parte, habrían tenido una excusa: Habrían dicho: «Ay, si nos
hubiera mostrado gracia, si le hubiéramos conocido como Él es, no le habríamos
rechazado». Ahora no podían decirlo. Habían visto al Padre y al Hijo en Jesús.
¡Ay, le habían visto y le menospreciaron!63
Pero
esto fue sólo la consumación de aquello que fue predicho acerca de ellos en su
ley. En cuanto al testimonio dado de Dios por el pueblo, y de un Mesías
recibido por ellos, todo había terminado. Ellos le habían aborrecido sin
causa.
El
Señor regresa ahora al asunto del Espíritu Santo, que iba a venir para
mantener Su gloria, la cual el pueblo pisoteó. Los judíos no conocieron al
Padre manifestado en el Hijo; el Espíritu Santo iba a venir ahora del Padre
para dar testimonio del Hijo. El Hijo le enviaría del Padre. En el capítulo
14, el Padre le envía en el nombre de Jesús para la relación personal de los
discípulos con Jesús. Aquí Jesús, ascendido en lo alto, envía en Él al
testimonio de Su gloria exaltada, Su lugar celestial. Éste era el nuevo
testimonio, que tenía que rendirse de Jesús, el Hijo de Dios, ascendido al
cielo. Los discípulos también darían testimonio de Él porque habían estado
con Él desde el principio. Tenían que testificar con el auxilio del Espíritu
Santo, como testigos oculares de Su vida sobre la Tierra, de la manifestación
del Padre en Él. El Espíritu Santo, enviado por Él, era el testimonio de Su
gloria con el Padre, de donde Él mismo vino.
Así
en Cristo, la vid verdadera, tenemos a los discípulos, los pámpanos, ya
limpios, estando Cristo todavía presente sobre la Tierra. Después de Su
partida, ellos tenían que mantener esta relación práctica. Debían estar en
relaciones con Él, igual que Él, aquí abajo, lo había estado con el Padre. Y
ellos debían estar los unos con los otros como Él había estado con ellos. Su
posición era fuera del mundo. Ahora, los judíos odiaron tanto al Hijo como al
Padre; el Espíritu Santo daría testimonio del Hijo con el Padre, y en el
Padre; y los discípulos deberían testificar también de aquello que Él había
sido sobre la Tierra.
El
Espíritu Santo, y, en cierto sentido, los discípulos, toman el lugar de Jesús,
así como el de la antigua vid, sobre la Tierra.
La
presencia y el testimonio del Espíritu Santo sobre la tierra es ahora
desplegado
Será
bueno darse cuenta de la relación de los asuntos en los pasajes que estamos
considerando. En el capítulo 14 tenemos a la Persona del Hijo revelando al
Padre, y el Espíritu Santo dando el conocimiento de la esencia del Hijo en el
Padre, y de los discípulos en Jesús en lo alto. Ésta era la condición
personal tanto de Cristo y los discípulos, quedando todo unido; sólo primero
el Padre, estando el Hijo aquí abajo, y después el Espíritu Santo enviado por
el Padre. En los capítulos 15 y 16 se observan las distintas dispensaciones
–Cristo la vid verdadera sobre la Tierra, y luego el Consolador venido a la
Tierra enviado por el Cristo exaltado. En el capítulo 14, Cristo ruega al
Padre, el cual envía al Espíritu en el nombre de Cristo. En el capítulo
siguiente, Cristo exaltado envía el Espíritu del Padre, un testigo de Su
exaltación, como los discípulos, conducidos por el Espíritu, lo fueron de Su
vida de humillación, pero como Hijo sobre la Tierra.
Sin
embargo, hay una continuación, así como una relación. En el capítulo 14, el
Señor, aunque marchándose de esta Tierra, habla en relación con aquello que
Él era sobre la Tierra. Es –no Cristo mismo– el Padre quien envía al Espíritu
a petición Suya. Él marcha de la Tierra al cielo de su parte como Mediador. Él
rogaría al Padre, y el Padre les daría otro Consolador que continuaría con
ellos, sin dejarlos nunca como ahora Él. La relación de ellos con el Padre
dependía de Él, y también creyendo en Él les sería enviado el Espíritu
–no enviado al mundo– no sobre los judíos, como tales. Sería en Su
nombre. Además, el Espíritu Santo mismo les enseñaría, y
les traería a la memoria los mandamientos de Jesús –todo lo que les había
dicho a ellos. El capítulo 14 da toda la posición que resultó de la
manifestación64
del hijo, y aquella del Padre en Él, y desde Su partida –es decir, su
resultado con respecto a los discípulos.
En el capítulo 15 Él agotó el asunto de los mandamientos en relación con la vida manifestada en Sí mismo aquí abajo; y al cierre de este capítulo Él se considera ascendido, y añade «Cuando venga el Consolador», al cual os enviaré del Padre». Él viene, ciertamente, del Padre; pues nuestra relación es, y debería ser, directa con Él. Es allí donde Cristo nos ha situado. Pero en este versículo no es el Padre que le envía a petición de Jesús, y en nombre de Él. Cristo ha tomado Su lugar en la gloria como Hijo del Hombre, y conforme a los frutos gloriosos de Su obra, y Él lo envía. En consecuencia, Él da testimonio de aquello que Cristo es en el cielo. Sin duda que Él nos hace percibir que Jesús estaba aquí abajo, donde en gracia infinita manifestó al Padre, y lo percibimos mucho mejor que lo percibieron ellos, quienes estuvieron con Él durante Su estancia sobre la Tierra. Pero esto es en el capítulo 14. No obstante, el Espíritu Santo es enviado por Cristo desde el cielo, y él nos revela al Hijo, a quien conocemos ahora, habiendo perfecta y divinamente manifestado al Padre, como hombre y en medio de hombres pecadores. Conocemos, repito, al Hijo con el Padre, y en el Padre. De ahí es Él quien nos ha enviado al Espíritu Santo.
capítulo 16
En
este capítulo, una nueva etapa comienza en la revelación de esta gracia. El
Espíritu Santo es visto como ya venido aquí abajo.
El
Señor declara que Él ha presentado toda Su enseñanza con respecto a Su
partida. Los sufrimientos de ellos en el mundo, sosteniendo Su lugar; su gozo,
estando en la misma relación con Él como aquella en que Él estuvo sobre la
Tierra hacia Su Padre; su conocimiento del hecho de que Él era con el Padre, y
ellos en Él, y Él mismo en ellos; el don del Espíritu Santo, a fin de
prepararlos para todo lo que sucedería cuando marchara, que no se sintieran
ofendidos. Pues serían echados de las sinagogas, y aquel que los matara pensaría
que estaba sirviendo a Dios. Éste sería el caso con aquellos que, descansando
es sus viejas doctrinas formales, y rechazando la luz, utilizarían solamente la
forma de la verdad con la cual darían crédito a la carne como ortodoxa, para
resistir a la luz, la cual prueba el alma y la fe. La antigua verdad, recibida
generalmente y por la que es distinguido un cuerpo de gente de aquellos que los
rodean, puede ser un motivo de orgullo para la carne, incluso donde se halla la
verdad, como fue el caso con los judíos. Pero la verdad nueva tiene que ver con
la fe desde su origen. No existe el apoyo de un cuerpo acreditado por ella, sino
la cruz de la hostilidad y del aislamiento. Ellos pensaban que servían a Dios.
No conocían al Padre ni al Hijo.
La
naturaleza está ocupada con aquello que ésta pierde. La fe mira al futuro al
que nos lleva Dios. ¡Precioso pensamiento! La naturaleza actuaba en los discípulos:
ellos amaban a Jesús, y se lamentaron en el momento de Su partida. Podemos
entender esto. Pero la fe no se hubiera detenido aquí. Si hubieran asimilado la
gloria necesaria de la Persona de Jesús, si su afecto, acrecentado por la fe,
hubiera pensado en Él y no en ellos mismos, habrían preguntado «¿Adónde
vas?». Sin embargo, Aquel que pensaba en ellos les asegura que les sería
incluso ganancia perderle. ¡Fruto glorioso de los caminos de Dios! Su ganancia
sería en esto, que el Consolador estaría ahí sobre la Tierra con ellos, y en
ellos. Démonos cuenta de que Jesús no habla aquí del Padre. Estaba el
Consolador en Su lugar, para mantener el testimonio de Su amor para los discípulos,
y Su relación con ellos. Cristo se marchaba, pues si no lo hacía, el
Consolador no vendría. Pero si partía, Él lo enviaría. Cuando hubiera
venido, demostraría la verdad con respecto al mundo que rechazó a Cristo y
persiguió a Sus discípulos. Y actuaría para bendición de los mismos discípulos.
Con
referencia al mundo, el Consolador tenía solamente un motivo de testimonio, a
fin de demostrar el pecado del mundo. Éste no había creído en Jesús, en el
Hijo. Sin duda que había pecado de toda clase, y, al decir verdad, nada excepto
el pecado –pecado meritorio de juicio; y en la obra de la conversión, Él
hace recordar al alma estos pecados. Pero el rechazo de Cristo colocó al mundo
entero bajo una sola forma de juicio. Es cierto que todos responderán por sus
pecados de forma personal, y el Espíritu Santo se encarga de hacerlos sentir de
modo individual. Pero, como un sistema responsable hacia Dios, el mundo rechazó
a Su Hijo. Ésta era la base sobre la cual Dios actuaba para con el mundo ahora;
ésta es la que hacía manifiesto el corazón del hombre. Era la prueba de que,
siendo Dios plenamente revelado en amor tal como Él era, el hombre no le recibió.
Él vino sin imputarles ningún pecado; pero ellos le rechazaron. La presencia
de Jesús no era la del Hijo de Dios mismo manifestado en Su gloria, de la cual
el hombre se entristecería, aunque no pudiera escaparse. Se trataba de lo que
Él era moralmente, en Su naturaleza, en Su carácter. El hombre le odiaba. Todo
testimonio para traer al hombre hacia Dios fue inútil. Cuanto más claro era el
testimonio, más taciturnos se volvían contra él. La prueba del pecado del
mundo era que éste había rechazado a Cristo. ¡Terrible testimonio, que Dios
en bondad excitara el odio porque Él era perfecto, perfectamente bueno! Tal es
el hombre. El testimonio del Espíritu Santo al mundo, como el de Dios a Caín,
iba a ser la pregunta: «¿Dónde está mi Hijo?» No era que el hombre fuera
culpable; que lo era cuando Cristo vino, sino que estaba perdido, el árbol era
malo65.
Pero
éste era el camino de Dios hacia algo totalmente diferente –demostrar la
justicia en que Cristo fue hacia Su Padre y que el mundo no le vio más. Fue el
resultado de ser rechazado Cristo. De justicia humana no había ninguna. El
pecado del hombre fue probado por el rechazo de Cristo. La cruz fue realmente el
juicio ejecutado sobre el pecado. Y en este sentido era la justicia; pero en
este mundo fue el único Justo abandonado por Dios, condenado por el hombre. No
fue la manifestación de justicia, sino una separación final en juicio entre el
hombre y Dios (ver capítulos 11, 12:31). Si Cristo hubiera sido liberado de
este juicio entonces, y hubiese devenido el Rey de Israel, esto no habría sido
resultado suficiente de que Él hubiera glorificado a Dios. Al haber glorificado
a Dios Su Padre, Él iba a sentarse a Su diestra, a la diestra de la Majestad en
las alturas, para ser glorificado en Dios mismo, para sentarse en el trono del
Padre. Estableciéndole allí, hubo justicia divina66.
Esta misma justicia privó al mundo de Jesús para siempre. El hombre no le vio
más. La justicia a favor de los hombres estaba en Cristo a la diestra de Dios
–en juicio para con el mundo, en que le había perdido para siempre sin
esperanza.
Asimismo,
Satanás demostró ser el príncipe de este mundo conduciendo a todos los
hombres contra el Señor Jesús. Para consumar los propósitos de Dios en
gracia, Jesús no se resiste. Él se entrega a la muerte. Aquel que tiene el
poder de la muerte, se comprometió con ella absolutamente. En su afán de
arruinar al hombre, tuvo que arriesgar todo en esta empresa contra el Príncipe
de la Vida. Fue capaz de asociar todo el mundo consigo mismo en esto, judío y
gentil, sacerdotes y pueblo, gobernantes, soldados y súbditos. El mundo estaba
allí, encabezado por su príncipe, en aquel solemne día. El enemigo no tenía
nada que perder, y el mundo estaba con él. Pero Cristo resucitó, ascendió a
Su Padre, y ha mandado al Espíritu Santo. Todas las razones que gobiernan al
mundo, y el poder por el cual Satanás mantuvo cautivos a los hombres,
demuestran venir de él. El mundo aún no está juzgado, es decir, con un juicio
ejecutado –lo será de otra manera; pero lo es moralmente, su príncipe está
juzgado. Todos sus motivos, religiosos y seculares, lo han llevado a rechazar a
Cristo, colocándolo bajo el poder de Satanás. Es en este carácter que ha sido
juzgado; pues él condujo al mundo contra Aquel que manifestó ser el Hijo de
Dios por la presencia del Espíritu Santo, subsiguiente a la rompedura del poder
de Satanás en la muerte.
Todo esto tuvo lugar a través de la presencia, sobre la Tierra, del Espíritu Santo, enviado por Cristo. Su presencia misma era la prueba de estas tres cosas. Pues si el Espíritu Santo estaba allí, era porque el mundo había rechazado al Hijo de Dios. La justicia fue evidenciada al estar Jesús a la diestra de Dios, de la cual era la prueba la presencia del Espíritu Santo, así como en el hecho de que el mundo le había perdido. Ahora, el mundo que le rechazó no fue exteriormente juzgado, pero habiéndolo conducido Satanás a rechazar al Hijo, la presencia del Espíritu Santo probó que Jesús había destruido el poder de la muerte; que aquel que poseía este poder fue juzgado de esta manera; que demostró ser el enemigo de Aquel a quien el Padre había reconocido; que su poder se fue de él, y que la victoria perteneció al Segundo Adán cuando todo el poder de Satanás fue ordenado contra la debilidad humana de Aquel que, en amor, cedió ante ella. Pero Satanás, así juzgado, era el príncipe de este mundo.
La
presencia del Espíritu Santo sería la prueba, no de los derechos de Cristo
como el Mesías, ciertos como eran, sino de esos frutos que se referían al
hombre –al mundo, en el cual Israel se hallaba ahora perdido, habiendo
rechazado las promesas, aunque Dios guardaría a la nación para Sí mismo. El
Espíritu Santo hacía más que demostrar la condición del mundo. Llevaría a
cabo una obra en los discípulos; los llevaría a toda la verdad, y les mostraría
las cosas venideras. Pues Jesús tenía muchas cosas que contarles y que todavía
no fueron capaces de llevar. Cuando el Espíritu Santo estuviera en ellos, Él
sería su fortaleza en ellos así como su maestro; y todo devendría un estado
de cosas bien diferente para todos ellos. Aquí Él es considerado como presente
sobre la Tierra en el lugar de Jesús, y habitando en los discípulos, no como
un espíritu individual que hablaba de Sí mismo, sino como dijo Jesús «Lo que
oigo, juzgo», con un juicio perfectamente divino y celestial: así el Espíritu
Santo, actuando en los discípulos, hablaría aquello que venía de arriba, y
del futuro, conforme a la sabiduría divina. Sería del cielo y del futuro que
Él hablaría, comunicando aquello que era celestial de arriba, y revelando
acontecimientos que vendrían sobre la Tierra, siendo testigos el uno y el otro
de que era un conocimiento que pertenecía a Dios. ¡Qué bendito tener aquello
que Él tiene para darnos!
Pero
además, Él ocupa aquí el lugar de Cristo. Jesús glorificó al Padre sobre la
Tierra. El Espíritu Santo glorificaría a Jesús, con referencia a la gloria
que pertenecía a Su Persona y a Su posición. Aquí no habla directamente de la
gloria del Padre. Los discípulos vieron la gloria de la vida de Cristo sobre la
Tierra; el Espíritu Santo la desplegaría ante ellos, lo concerniente a Su
glorificación con el Padre –aquello que era de Él.
Ellos
aprenderían esto «en parte». Ésta es la medida del hombre cuando se trata de
las cosas de Dios, pero su alcance es declarado por el Señor mismo: «Él me
glorificará, pues Él recibirá de lo mío, y os lo mostrará a vosotros». Todo
lo que el Padre tiene es mío: por lo tanto, dije yo, Él tomará de lo mío,
y lo mostrará a vosotros».
Así
tenemos el don del Espíritu Santo presentado en diversidad, y en relación con
Cristo. En dependencia de Su Padre, y representando a Sus discípulos separado
de ellos, Él se dirige en nombre de ellos al Padre, haciéndole la petición de
enviar al Espíritu Santo (cap. 14:16). Más adelante, hallamos que Su nombre es
todopoderoso. Toda bendición del Padre viene en Su nombre. Es por este motivo,
y conforme a la eficacia de Su nombre, de todo lo que en Él es aceptable por el
Padre, que el bien se presenta a nosotros. Así, el Padre enviará al Espíritu
Santo en Su nombre (cap. 14: 26). Y siendo glorificado Cristo en lo alto, y
habiendo tomado Su lugar con Su Padre, Él mismo envía al Espíritu Santo (cap.
15:26) del Padre, como procediendo de Él. Por último, el Espíritu Santo está
presente aquí en este mundo, en y con los discípulos, y glorifica a Jesús,
tomando de Él y revelándolo a los Suyos (cap. 16:13-15). Toda la gloria aquí
de la Persona de Cristo es presentada, igual que los derechos pertinentes a la
posición que Él ha tomado. «Todas las cosas que tiene el Padre» son Suyas.
Él ha tomado Su posición conforme a los consejos eternos de Dios, en virtud de
Su obra como Hijo del Hombre. Pero si Él ha entrado en la posesión de este carácter,
todo lo que posee en Él es Suyo, como un Hijo a quien –siendo uno con el
Padre– pertenece todo lo que el Padre tiene.
Allí
debía permanecer oculto por un tiempo: los discípulos iban a verle entonces,
pues se trataba sólo de la consumación de los caminos de Dios. No se trataba
de estar perdido por la muerte. Él marchaba a Su Padre. Sobre este punto, los
discípulos no entendieron nada. El Señor desarrolla el hecho y sus
consecuencias, sin mostrarles aún toda la trascendencia de lo que dijo. Él la
explica en el aspecto humano e histórico. El mundo se alegraría de haberse
deshecho de Él. ¡Mísero regocijo! Los discípulos lamentarían, aunque fuera
también la misma fuente de gozo para ellos; pero su lamento se volvería en
gozo. Como testimonio, esto tuvo lugar cuando Él se mostró a ellos tras Su
resurrección; será totalmente cumplido cuando regresará para recibirlos a Sí
mismo. Pero cuando le hubieran visto otra vez, comprenderían la relación en
que les había situado con Su Padre, y la gozarían por el Espíritu Santo. No
tendría que ser como si no pudieran acercarse ellos mismos al Padre, mientras
Cristo podía hacerlo –como dijo Marta «sé que cualquier cosa que pidas a
Dios, Él te la dará». Ellos mismos podían ir directamente al Padre, quien
les amaba, porque habían creído en Jesús, y le recibieron cuando se humilló
Él en este mundo de pecado –en principio es siempre así–; y pidiendo lo
que ellos quisieran en Su nombre lo recibirían, a fin de que su gozo pudiera
ser completo en la conciencia de la bendita posición del eficaz favor al que
eran llevados, y del valor de todo aquello que poseían en Cristo.
No obstante, el Señor ya les declaró la base de la verdad –Él vino del Padre, y se marchaba a Él. Los discípulos pensaron que comprendían aquello que les había hablado sin parábolas. Imaginaron que Él adivinó su pensamiento, pues ellos no se lo expresaron. Sin embargo, no alcanzaron el nivel de lo que Él dijo. Les contó que creyeron lo que les dijo acerca de Su venida «de Dios». Esto lo comprendieron ellos; y aquello que sucedió los corroboró en esta fe, y ellos declararon su convicción con respecto a esta verdad; pero sin entrar en el pensamiento de venir «del Padre», y marchando «al Padre». Presumían de estar en la luz; pero no asimilaron nada que se elevara sobre el efecto del rechazo de Cristo, lo cual habría producido la creencia de Su procedencia del Padre y Su regreso a Él. Por lo tanto, Jesús les declara que Su muerte los esparciría, y que ellos le abandonarían. Su Padre estaría con Él; no estaría solo. Sin embargo, Él les explicó a ellos todas estas cosas a fin de que tuvieran paz en Él. En el mundo que le rechazó, tendrían tribulación. Pero Él venció al mundo, y serían confortados por ello.
capítulo
17
Esto
concluye la conversación de Jesús con Sus discípulos sobre la Tierra. En este
próximo capítulo, Él se dirige a Su Padre tomando Su propio lugar en la
partida, y dándoles a Sus discípulos el lugar de ellos –es decir, el
Suyo–, con respecto al Padre y al mundo, después que se hubiera ido para ser
glorificado con el Padre. Todo el capítulo sitúa esencialmente a los discípulos
en Su propio lugar, después de establecer la base para ello en Su propia
glorificación y obra. Es, salvo los últimos versos, Su lugar sobre la Tierra.
Como era divinamente en el cielo, así ellos –siendo Él glorificado como
Hombre en el cielo– unidos con Él, tenían por el contrario que manifestar lo
mismo. De ahí tenemos primero el lugar que Él personalmente toma, y la obra
que les da derecho a estar en ella.
Este
capítulo queda dividido de esta manera: los versículos 1-5 se refieren a
Cristo mismo, a la toma de Su posición en la gloria, a Su obra, y a esa gloria
relativa a Su Persona, y el resultado de esta obra. Los versículos 1-3
presentan Su nueva posición en dos aspectos: «Glorifica a Tu Hijo» –poder
sobre toda carne, para la vida eterna para aquellos dados a Él; los versos 4 y
5, Su obra y sus resultados. En los versos 6-13, Él habla de Sus discípulos
puestos en esta relación con el Padre por la revelación de Su nombre a ellos,
y luego el haberles dado las palabras que Él mismo recibió, para que pudieran
gozar la bendición completa de esta revelación. También pide por ellos, para
que fueran uno como Él y el Padre lo eran. En los versículos 14-21 hallamos su
consecuente relación con el mundo; en los versos 20 y 21, Él introduce en el
gozo de esta bendición a aquellos que iban a creer por sus medios. Los versos
22-26 dan a conocer el resultado para ellos, tanto futuro como presente: la
posesión de la gloria que Cristo mismo recibió del Padre –para estar con Él,
disfrutando de la visión de Su gloria– para que el amor del Padre estuviera
con ellos aquí abajo, aun como Cristo había sido su objeto –y que el mismo
Cristo estuviera en ellos. Los últimos tres versículos toman a los discípulos
al cielo como una verdad suplementaria.
Éste
es un breve resumen de este maravilloso capítulo, en el cual somos admitidos,
no en el discurso de Cristo con el hombre, sino en la escucha de los deseos de
Su corazón, cuando Él los derrama ante Su Padre para la bendición de aquellos
que son Suyos. Maravillosa gracia que nos permite escuchar estos deseos, y
comprender todos los privilegios que emanan de Su verdad, cuidando de nosotros,
privándonos de ser un impedimento en la comunión entre el Padre y el Hijo, en
Su común amor hacia nosotros, cuando Cristo expresa Sus propios deseos –¡aquello
que Él tiene en el corazón, y lo cual presenta al Padre como deseos personales
Suyos!
Algunas
aclaraciones pueden asistirnos a asimilar el significado de ciertos pasajes en
este maravilloso, primer capítulo. ¡Que el Espíritu de Dios nos ayude!
El
Señor, cuyas miradas de amor habían estado dirigidas hasta ahora a Sus discípulos
sobre la Tierra, levanta ahora sus ojos al cielo al dirigirse a Su Padre. Llegó
la hora para glorificar al Hijo, a fin de que desde esa gloria glorificara Él
al Padre. Esto es, generalmente hablando, la nueva posición. Su carrera aquí
había terminado, y Él tuvo que subir a lo alto. Había dos cosas relacionadas
con esto –poder sobre toda carne, y el don de la vida eterna para tantos como
el Padre le había dado. «La cabeza de cada hombre es Cristo». De aquellos que
el Padre le dio, reciben vida eterna de Aquel que ahora ascendía al cielo. La
vida eterna era el conocimiento del Padre, el único verdadero Dios, y de
Jesucristo, a quien Él envió. El conocimiento del Omnipotente daba la
seguridad al peregrino de la fe, la certidumbre de que las promesas de Dios para
Israel se cumplían; que el Padre, quien envió al Hijo, Jesucristo –el Hombre
ungido y el Salvador–, quien era la misma vida, y de este modo recibida como
algo presente –1 Juan 1:1-4–, era la vida eterna. El verdadero conocimiento
aquí no era la protección exterior o la esperanza futura, sino la comunicación,
en vida, de la comunión con el Ser así conocido al alma –de la comunión con
Dios mismo plenamente revelado como el Padre y el Hijo. Aquí no es la divinidad
de Su Persona la que está delante de nosotros en Cristo, aunque una Persona
divina solamente podía estar en un lugar tal y hablar así, sino el lugar que
Él tomó al cumplir los consejos de Dios. Lo que se dice de Jesús en este capítulo
podía decirse sólo de Uno que es Dios, y no la revelación de Su naturaleza.
Él recibe todo del Padre –es enviado por Él, y Su Padre le glorifica67.
Vemos la misma verdad de la comunicación de la vida eterna en relación con Su
divina naturaleza y Su unicidad con el Padre en 1 Juan 5:20. Aquí, Él cumple
la voluntad del Padre, dependiente de Él en el lugar que tomó, y el que va a
tomar, incluso en la gloria, por muy gloriosa que pueda ser Su naturaleza. Así
también, en el capítulo 5 de nuestro Evangelio, Él da vida a quien quiere;
aquí es aquellos que el Padre le ha dado. Y la vida que Él recibe es llevada a
término en el conocimiento del Padre, y de Jesucristo, a quien Él envió.
Declara
ahora las condiciones bajo las que Él toma este lugar en lo alto. Él hubo
glorificado perfectamente al Padre sobre la Tierra. Nada que manifestara a Dios
el Padre había sido un fracaso, cualquiera que hubiese sido la dificultad. La
contradicción de pecadores fue sólo la ocasión de hacerlo así. Pero esto
mismo hizo infinito el dolor. Sin embargo, Jesús llevó a término esa gloria
sobre la Tierra enfrentándose a toda oposición. Su gloria con el Padre en el
cielo no era sino la justa consecuencia –la necesaria consecuencia, en simple
justicia. Además, Jesús había tenido esta gloria con Su Padre antes de que el
mundo fuese. Su obra y Su Persona por igual le daban el derecho a ella. El Padre
glorificado sobre la Tierra por el Hijo: el Hijo glorificado con el Padre en lo
alto, tal es la revelación contenida en estos versículos –un derecho
procedente de Su Persona como Hijo, pero para una gloria en la que Él entró
como hombre, como Hijo, como efecto de haber glorificado como tal a Su Padre.
Estos son los versículos que relatan de Cristo. Asimismo, esto ofrece la relación
en la que Él entra en este nuevo lugar como Hombre, Su Hijo, y la obra mediante
la cual Él lo hace justamente, dándonos así un título, y el carácter en el
que tenemos nosotros un lugar allí.
Él
habla ahora de los discípulos, de la manera como ellos entraron en su peculiar
lugar en relación con esta posición de Jesús –en esta relación con Su
Padre. Él manifestó el nombre del Padre a aquellos que el Padre le había dado
fuera del mundo. Ellos pertenecían al Padre, y el Padre les había dado a Jesús.
Guardaron la Palabra del Padre, era la fe en la revelación que el Hijo hizo del
Padre. Las palabras de los profetas eran ciertas. Los fieles las disfrutaron: éstas
sostuvieron su fe. Pero la Palabra del Padre, por Jesús, reveló al Padre
mismo, en Aquel en quien el Padre había enviado, situando a aquellos que le
recibieron en el lugar de amor, que era el lugar de Cristo. Y conocer al Padre y
al Hijo era la vida eterna. Esto era una cosa bastante diferente de las
esperanzas relacionadas con el Mesías o con lo que Jehová le había dado. Es
así, también, que los discípulos son presentados al Padre; no recibiendo a
Cristo en el carácter de Mesías y honrándole poseyendo Su poder por este título.
Ellos habían conocido que todo lo que Jesús tenía era del Padre. Él era
entonces el Hijo; Su relación con el Padre era reconocida. Poseyendo una velada
comprensión, el Señor los reconoce conforme a la apreciación de su fe, de
acuerdo al objeto de esa fe, conocida por Él, y no conforme a su inteligencia.
¡Preciosa verdad! (comparar cap. 14:7).
El
reconocido Jesús, entonces, lo era recibiendo todo del Padre, no como
Mesías de Jehová; pues Jesús les dio todas las palabras que el Padre le había
dado. Así, Él trajo a sus almas a la conciencia de la relación entre el Hijo
y el Padre, y a la plena comunión, según las comunicaciones del Padre al Hijo
en esa relación. Él habla de su posición a través de la fe –no de su
comprensión de esta posición. Así, ellos reconocieron que Jesús vino del
Padre, y que Él vino con la autoridad del Padre –el Padre le había enviado.
Fue de allí que vino Él, provisto de la autoridad de una misión del Padre. Ésta
era la posición de ellos por la fe.
Ahora
–estando ya los discípulos en esta posición– Él los pone, conforme a Sus
pensamientos y deseos, ante el Padre en oración. Pide por ellos, distinguiéndolos
completamente del mundo. Vendría el momento cuando –según el Salmo 2– Él
pediría del Padre con referencia al mundo; Él no lo estaba haciendo así,
excepto para aquellos fuera del mundo, a quienes el Padre le había dado. Pues
ellos eran del Padre. Todo lo que es del Padre, está en esencial oposición al
mundo (comparar 1 Juan 2:16).
El
Señor presenta al Padre dos motivos para Su demanda: primero, que ellos eran
del Padre, de modo que el Padre, para Su propia gloria, y a razón de Su afecto
por aquello que le pertenecía, los guardara; segundo, Jesús fue glorificado en
ellos, así que si Jesús era el objeto del afecto del Padre, por esa misma razón
debería el Padre guardarlos también. Además, los intereses del Padre y del
Hijo no podían separarse. Si ellos eran del Padre, eran de hecho del Hijo; y
era sólo un ejemplo de esa verdad universal –todo aquello que era del Hijo
era del Padre, y todo lo que era del Padre era del Hijo. ¡Qué lugar para
nosotros ser los objetos de este afecto mutuo, de estos comunes e inseparables
intereses del Padre y del Hijo! Éste es el gran principio –el gran fundamento
de la oración de Cristo. Él rogó al Padre por Sus discípulos, porque
pertenecían al Padre. Jesús tenía que procurar, entonces, su bendición. El
Padre se interesaría totalmente por ellos, porque en ellos tenía que ser
glorificado el Hijo.
Presenta
luego las circunstancias a las que se aplicaba la oración. Él ya no estaba en
este mundo. Ellos se privarían de Su cuidado personal presente con ellos, pero
se quedarían en este mundo mientras Él se fuera al Padre. Ésta es la base de
Su demanda con respecto a su posición. Los pone en relación, por lo tanto, con
el Padre Santo –todo el perfecto amor de tal Padre– el Padre de Jesús y el
de ellos, manteniendo –era su bendición– la santidad que Su naturaleza
demandaba si tenían que estar en relación con Él. Era una guardia directa. El
Padre guardaría en Su propio nombre a aquellos que Él había dado a Jesús. La
relación era así directa. Jesús los encomendó a Él, y ello no porque
pertenecieran al Padre, sino porque eran ahora Suyos, investidos de todo el
valor que ello les daría a los ojos del Padre.
El
objeto de Su solicitud era el de guardarlos unidos, como el Padre y el Hijo son
uno. Solamente un Espíritu divino era el vínculo de esa unidad. En este
sentido, el vínculo fue verdaderamente divino. Mientras estuvieran llenos del
Espíritu Santo, tendrían una sola mente, un consejo, un propósito. Ésta es
la unidad a que nos referimos aquí. El Padre y el Hijo eran su único propósito.
Tenían únicamente los pensamientos de Dios; porque Dios mismo, el Espíritu
Santo, era la fuente de sus pensamientos. Eran un solo poder y naturaleza los
que los unían –El Espíritu Santo. La mente, la meta, la vida y toda la
existencia moral, eran como consecuencia una sola cosa. El Señor habla,
forzosamente, desde la altura de Sus propios pensamientos, cuando expresa Sus
deseos por ellos. Si se trata de una cuestión de comprenderlos, debemos pensar
en el hombre; pero también en una fortaleza que se perfecciona en la debilidad.
Ésta
es la suma de los deseos del Señor –hijos, santos, bajo el cuidado del Padre;
no por un esfuerzo o por acuerdo, sino conforme al poder divino. Al estar Él
allí, los había guardado en el nombre del Padre, fiel para cumplir todo lo que
el Padre le había encomendado, y para no perder a ninguno de aquellos que eran
de Él. En cuanto a Judas, sólo fue el cumplimiento de la Palabra. La guardia
de Jesús presente en el mundo, ya no podía existir. Pero Él habló estas
cosas, estando aún allí, escuchándolas los discípulos, a fin de que
comprendieran que estaban situados ante el Padre en la misma posición que
Cristo sostenía, y que ellos pudieran así cumplir en ellos mismos, en esta
misma relación, el gozo que Cristo había poseído. ¡Qué gracia inefable! Le
habían perdido, visiblemente, para ellos hallarse –por Él y en Él– en Su
propia relación con el Padre, gozando de todo lo que Él gozó en esa comunión
aquí abajo, desde Su lugar en su relación con el Padre. Por lo tanto, Él les
impartió todas las palabras que el Padre le había dado –las comunicaciones
de Su amor a Él, cuando caminó como Hijo en ese lugar; y, en el nombre
especial de «Padre Santo», por el que el Hijo mismo se le dirigía desde la
Tierra, el Padre tenía que guardar a aquellos que el Hijo dejaba allí. Así
tendrían ellos Su gozo completo en ellos mismos.
Ésta
era su relación con el Padre, estando Jesús fuera. Él habla ahora de su
relación con el mundo, como consecuencia de lo anterior.
Él
les dio la Palabra de Su Padre –no las palabras que les llevaban a la comunión
con Él, sino Su Palabra –el testimonio de lo que Él era. Y el mundo los
odiaba como había hecho con Jesús –el testimonio vivo y personal del
Padre– y el mismo Padre. Estando así en relación con el Padre, quien los había
sacado fuera de los hombres de este mundo, y habiendo recibido la palabra del
Padre –vida eterna en el Hijo en ese conocimiento–, ellos no eran del mundo
así como Jesús no era del mundo, y por eso el mundo los odiaba. Sin embargo,
el Señor no ruega que fueran sacados fuera, sino que el Padre los guardara del
mal. Entra en detalles de Sus deseos en este sentido, fundamentados en que ellos
no eran del mundo. Repite este pensamiento como la base de su posición aquí
abajo. «No son del mundo, así como yo no soy del mundo». ¿Qué debían ser
entonces? ¿Por cuál norma y modelo tenían que ser formados? Por la verdad, y
la Palabra del Padre es verdad. Cristo fue siempre el Verbo, pero el Verbo de
vida entre los hombres. En las Escrituras poseemos esta Palabra, escrita y
firme: ellos le revelan, y dan testimonio de Él. Fue así que los discípulos
tenían que ser puestos aparte. «Santifícalos por tu verdad, tu palabra es
verdad». Era esto, personalmente, con lo que debían ser formados, por la
Palabra del Padre, como fue Él revelado en Jesús.
La
misión continúa. Jesús los envía al mundo, como el Padre le había enviado a
Él. En el mundo, pero en ninguna manera del mundo. Son enviados a él de parte
de Cristo. Si hubieran sido de él, no habría sido necesario enviarlos. Pero no
se trataba solamente de que fuera verdad la Palabra del Padre, ni la comunicación
de la Palabra del Padre por Cristo presente con Sus discípulos –puntos de los
cuales desde el versículo 14 hasta ahora Jesús había estado hablando: «les
he dado tu palabra». Él se santificó. Se mantuvo aparte como Hombre celestial
sobre los cielos, un Hombre glorificado en la gloria, a fin de que toda verdad
pudiera resplandecer en Él, en Su Persona, resucitado de entre los muertos por
la gloria del Padre –todo lo que el Padre es, siendo manifestado así en Él;
el testimonio de la justicia divina, del amor divino, del poder divino,
torciendo totalmente la verdad de Satanás por la que el hombre había sido engañado,
y por la que entró la falsedad en el mundo. El modelo perfecto de aquello que
el hombre era conforme a los consejos de Dios, y como la expresión de Su poder
moralmente y en gloria –la imagen del Dios invisible, el Hijo, y en gloria.
Jesús se situó aparte, en este lugar, para que los discípulos pudieran
santificarse por la transmisión a ellos de lo que Él era; pues esta transmisión
era la verdad, y los creaba en la imagen de lo que revelaba. Así que era la
gloria del Padre revelada por Él sobre la Tierra, y la gloria en la cual Él
descendió como Hombre, pues éste es el resultado completo –la ilustración
en gloria de la manera como se situó Él aparte de Dios, pero a causa de los
Suyos. No se trata entonces solamente de formar y gobernar los pensamientos por
la Palabra, poniéndonos aparte moralmente para Dios, sino de los
bienaventurados afectos que emanan de nuestra posesión de la verdad en la
Persona de Cristo, vinculados nuestros corazones con Él en gracia. Esto
finaliza la segunda parte de aquello que se refería a los discípulos, en
comunión y en testimonio.
En
el versículo 20, Él declara que ruega también por aquellos que creerían en
Él a través de los medios de los discípulos. Aquí el carácter de la unidad
difiere un poco de aquella en el versículo 11. Allí, al hablar de los discípulos,
Él dice «como Nosotros somos»; por la unidad del Padre y del Hijo mostrada en
un firme propósito, objeto, amor, obra, y todo. Por lo tanto, los discípulos
debían tener esa clase de unidad. Aquí aquellos que creyeran, puesto que recibían
y tomaban parte en aquello que era comunicado, tenían su unidad en el poder de
la bendición a la cual eran llevados. Por un Espíritu, en el que estaban
forzosamente unidos, poseían un lugar en comunión con el Padre y el Hijo. Era
la comunión del Padre y del Hijo. (Comparar 1 Juan 1:3; y el similar lenguaje
del apóstol con el de Cristo). Así, el Señor pide que sean uno en ellos –el
Padre y el Hijo. Éste era el medio para hacer creer al mundo que el Padre había
enviado al Hijo, pues aquí eran aquellos que creyeron los que, por muy opuestos
que sus costumbres e intereses fueran, y firmes sus prejuicios, eran sin embargo
uno en el Padre y el Hijo por esta poderosa revelación y obra.
Aquí
termina la oración, pero no así Su conversación con el Padre. Él nos da –y
aquí los testigos y los creyentes están juntos– la gloria que el Padre le ha
dado. Constituye la base de otra, una tercera clase de unidad68.
Todos participan, ciertamente, en gloria, de esta unidad absoluta en
pensamiento, objeto y propósito firme, la cual se halla en la unidad del Padre
y el Hijo. Habiendo venido la perfección, aquello que produjo espiritualmente
el Espíritu Santo, cerrando todo lo demás Su absorbente energía, era natural
a todo en gloria.
Pero
el principio de la existencia de esta unidad, añadía todavía otro carácter a
esa verdad –aquella de la manifestación, cuando menos, de una fuente interior
que realizaba en ellos su manifestación: «Yo en ellos», dijo Jesús, «Y tú
en mí». Ésta no es la simple y perfecta unidad del versículo 11, ni la
mutualidad y comunión del versículo 21. Es Cristo en todos los creyentes, y el
Padre en Cristo, una unidad en manifestación en gloria, no meramente en comunión
–una unidad en la que todo está perfectamente relacionado con su fuente. Y
Cristo, a quien solamente debían manifestar, está en ellos. Y el Padre, a
quien manifestó perfectamente Cristo, es en Él. El mundo –pues esto será en
la gloria milenial, y manifestado al mundo– conocerá entonces –no
dice ahora «para que pueda creer»– que Cristo fue enviado por el
Padre –¿cómo negarlo, cuando Él fuera visto en gloria?– y, además, que
los discípulos habían sido amados por el Padre, como Cristo mismo fue amado.
El hecho de que poseían la misma gloria que Cristo, constituiría la prueba.
Todavía
había más. Aquello que el mundo no vería, porque no estaría en él. «Padre,
quiero que aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy». Ahí no
somos únicamente como Cristo –conformados al Hijo, llevando la imagen del
hombre celestial ante los ojos del mundo–, sino con Él donde Él está.
Jesús desea que veamos Su gloria69.
Solaz y consuelo para nosotros, tras haber participado de Su vituperio; pero aún
más precioso, puesto que vemos que Aquel Hombre vituperado, quien se hizo
Hombre por nosotros, será, por esa misma razón, glorificado con una gloria que
excederá a cualquier otra, salvo aquella que sometió bajo Él todas las cosas.
Aquí Él habla de la gloria que es dada. Es esto lo que es tan precioso para
nosotros, porque la ha adquirido por Sus sufrimientos por nosotros, y sin
embargo fue aquello que tanto merecía –el justo premio por haber glorificado
perfectamente, en ellos, al Padre. Éste es un gozo peculiar, completamente
alejado de este mundo. El mundo verá la gloria que tenemos en común con
Cristo, y sabrá que hemos sido amados como Cristo lo fue. Pero existe un
secreto para aquellos que le aman, el cual pertenece a Su Persona y a nuestra
asociación con Él. El Padre le amó antes de que el mundo fuese –un amor que
no vale la pena comparar, pero que es infinito, perfecto y complaciente en sí
mismo. Compartiremos esto en el sentido de ver a nuestro Amado en ello, y de
estar con Él, y de contemplar la gloria que el Padre le ha dado, según el amor
con el cual Él le amó antes de que el mundo tuviera ninguna parte en los
tratos de Dios. Hasta esto, estábamos en el mundo; aquí en el cielo, fuera de
todo derecho que el mundo se imputa –Cristo contemplado en el fruto de ese
amor que el Padre tenía para Él antes de que existiera el mundo. Cristo,
entonces, era el deleite del Padre. Le vemos en el fruto eterno de ese amor como
Hombre. Estaremos en este amor con Él para siempre, para deleitarnos en que
nuestro Jesús, nuestro Amado, está en él, y es lo que Él es.
Entretanto,
siendo esto así, se hizo justicia a los tratos de Dios con respecto a Su
rechazo. Él había manifestado justa y perfectamente al Padre. El mundo no le
conoció, pero Jesús le había conocido, y los discípulos conocieron que el
Padre le envió. Él apela aquí, no a la santidad del Padre para que los
guardara conforme a ese bendito nombre, sino a la justicia del Padre, para que
hiciera distinción entre el mundo, por un lado, y Jesús con los Suyos por el
otro. Pues existía la razón moral, así como el amor inefable del Padre para
con el Hijo. Y Jesús quiere que nos gocemos, mientras estemos aquí abajo, al
ser conscientes de que esta distinción fue hecha por las comunicaciones de
gracia, antes que por las de juicio.
Él les declaró el nombre del Padre, y lo declararía hasta el momento cuando Él fuera a subir a lo alto, a fin de que el amor con el cual el Padre le amó, estuviera en ellos –que sus corazones poseyeran este amor en el mundo –¡qué gracia!–, y Jesús fuera en ellos el que les dispensaba este amor, la fuente de la fortaleza para gozarlo, conduciéndolo, por decirlo así, en toda la perfección en la que Él lo gozó, dentro de sus corazones, en los cuales Él moraba –Él mismo la fortaleza, la vida, la competencia, el derecho, y el medio de gozarlo de este modo, y como tal, en el corazón. Pues es en el Hijo que nos lo declara a nosotros, que conocemos el nombre del Padre, a quien Él nos revela. Es decir, Él quiere que gocemos ahora de esta relación en amor en la que le veremos en el cielo. El mundo sabrá que hemos sido amados como Jesús, cuando vengamos en la misma gloria con Él; pero nuestra porción es conocerlo ahora, estando Cristo en nosotros.